La zona de confort es, según el Dr. Mario Sabán, una de las ficciones mentales más extendidas y menos cuestionadas de nuestra época. Como afirma él mismo: «No hay ninguna zona de seguridad, ¿no? Porque la pregunta es, a ver, ¿cuál es la zona de seguridad que existe?».
El universo, desde la física hasta la propia biología del cuerpo, está en movimiento constante. Pretender la inmovilidad, según Sabán, es operar contra las leyes de la naturaleza, no un estado real que podamos alcanzar y sostener.
En esta conversación con Nacho Newman, Sabán desmonta el mito de la zona de confort como espacio estático y propone, en su lugar, una lectura cabalística del miedo al cambio, el equilibrio entre conservadurismo y temeridad, y el símbolo de la Sucá como modelo de vida conectada al flujo cósmico.
¿Qué es la zona de confort?
La zona de confort suele entenderse como un espacio de rutina y seguridad donde nada cambia. Sin embargo, para la Cábala, ese espacio no existe en la realidad objetiva, solo en la mente.
Sabán lo explica con ejemplos cotidianos: una casa se puede inundar, una vida puede terminar, absolutamente todo lo que existe está dentro de un movimiento constante. La estabilidad total es, por tanto, una construcción puramente imaginaria.
Nietzsche y Cioran: confrontar pensamientos opuestos
Sabán abre la conversación con un relato personal revelador. Tras años de estudio profundo de la Cábala, se preguntó si esa misma tradición se había convertido, para él, en una zona de confort intelectual.
Buscó primero en Nietzsche un pensamiento en las antípodas de la mística judía, pero descartó esa vía al reconocer que, en parte de su obra, el propio Nietzsche conserva cierta esperanza casi mística. Siguió indagando hasta encontrar a Emil Cioran, al que describe como «el campeón del absurdo, del sinsentido de la existencia».
Confrontar las ideas nihilistas de Cioran —episodio que derivó, años después, en su tesis doctoral en filología por la Universidad de Barcelona— terminó, según Sabán, fortaleciendo sus propias convicciones místicas en lugar de debilitarlas.
Sabán añade un matiz importante en este mismo punto: no solo la comodidad convencional puede convertirse en refugio. El pesimismo permanente, instalado como identidad, cumple exactamente la misma función de zona de confort disfrazada.
La zona de confort es mental, no geográfica
Uno de los conceptos más clarificadores de la conversación es que la zona de confort no depende del movimiento físico. Sabán es tajante: se puede viajar por todo el mundo y seguir mentalmente instalado en la misma zona de seguridad.
Del mismo modo, alguien puede vivir veinte años en la misma ciudad y estar en pleno proceso de crecimiento interior. Como explica Sabán: «Zona de seguridad para mí implica una zona que uno ha creado por miedo a crecer», no una cuestión de rutina geográfica.
El autoengaño de creer que nada cambia
Sabán introduce aquí una de las revelaciones más potentes de todo el encuentro. El verdadero autoengaño no es tener rutinas, sino creer que existe una estática en la realidad, algo que se paraliza mientras todo lo demás sigue en marcha.
Esta idea se apoya directamente en el texto de la Torá. Cuando alguien dice «yo soy y hoy ya tiemblo», está afirmando una identidad petrificada. El texto original, según explica Sabán, no dice «Dios soy el que soy», sino: «Soy siendo lo que estoy siendo».
Esta diferencia no es un matiz lingüístico menor: existe el Yo Siendo, dinámico y en revelación continua, frente al Yo Soy estático que la mente prefiere sostener por comodidad.
Quien quiera profundizar en esta distinción entre el Yo Soy estático y el Yo Siendo dinámico, y en cómo aplicarla al propio proceso de crecimiento, puede encontrar valor en las explicaciones breves de Sabán sobre el Yo Siendo y la revelación continua, donde condensa en pocos minutos esta misma idea central.
Todo el universo está en movimiento constante
Sabán conecta esta idea con los místicos como Abraham Abulafia, para quienes la revelación divina nunca terminó en un momento histórico fijo, sino que continúa produciéndose hoy y mañana, sin depender de un único acontecimiento fundacional.
Incluso mientras dura una conversación, recuerda Sabán, la Tierra ya ha cambiado de posición en el espacio. Todo el universo se mueve constantemente, salvo la mente, que insiste en crear una zona imaginaria donde nada se altera.
¿Por qué la mente necesita crear seguridad?
Sabán apunta, siguiendo una lectura psicoanalítica, que la necesidad de una zona de confort podría remitir a un impulso inconsciente de regresar al útero materno, un espacio de protección absoluta previo a cualquier exigencia de adaptación.
Este origen explica por qué buscamos, casi por instinto, entornos donde nada cambie: no es la rutina en sí lo que se persigue, sino la ilusión de haber recuperado esa seguridad primigenia, algo psíquicamente comprensible, aunque cosmogónicamente antinatural.
Miedo al cambio: parejas, trabajo y estancamiento
Sabán lleva esta reflexión a ejemplos muy concretos de la vida cotidiana. Hay personas que permanecen en una pareja tóxica con tal de no separarse, o que continúan en un trabajo que las entristece con tal de no enfrentar la incertidumbre de un cambio.
Según explica, esta resistencia debería trabajarse desde edades muy tempranas, entrenando la flexibilidad frente a la dinámica en lugar de asociar automáticamente la estabilidad con el bienestar.
Esta misma dinámica se repite en el terreno de las relaciones interpersonales, un tema que Sabán y Newman desarrollan también en otro encuentro donde exploran si el otro es maestro o infierno para nuestra propia rectificación, señalando cómo el miedo puede convertir incluso un vínculo en una zona de seguridad disfrazada.
En la Cábala, el cambio es positivo
Sabán señala un hábito cultural revelador: cuando preguntamos «¿cómo va todo?» y la respuesta es «de momento, bien», en realidad estamos celebrando que nada ha cambiado. Culturalmente, el no-cambio se percibe como positivo, y el cambio como una amenaza.
Para la Cábala, la lectura es exactamente la inversa: los cambios son positivos, y si la estructura mental de una persona se resiste a modificarse, el propio cosmos terminará empujando ese cambio desde fuera.
Si no cambias por dentro, te cambian por fuera
Uno de los puntos más contundentes de la conversación es la función correctiva del mal en la Cábala. Sabán lo explica sin rodeos: «El mal aparece como antídoto de la reaceleración que tiene que tener la persona por haberse quedado estancada».
Es decir, si el cambio no ocurre desde Jésed, de forma interna y voluntaria, el cosmos activa mecanismos de reequilibrio forzados desde el exterior, a través de Guevurá. Como resume Sabán: «Si cambias desde adentro, te adaptas; si no cambias desde adentro, te cambian desde afuera».
Esta idea explica por qué muchas crisis —una ruptura, un despido, una enfermedad— aparecen precisamente cuando una persona lleva demasiado tiempo aferrada a una situación que ya no le sirve, aunque prefiera llamarla estabilidad.
Ni frenar ni sobreacelerar: el punto medio
Sabán identifica dos trampas igualmente destructivas frente al cambio. La primera es el conservadurismo rígido, que se aferra a lo antiguo por considerarlo más cercano al origen. La segunda es la sobreaceleración temeraria, tan ineficaz como el estancamiento.
Lo ejemplifica con una comparación contundente: no se puede enviar a un niño de ocho años a la universidad solo por acelerar artificialmente su desarrollo. El verdadero equilibrio exige una percepción intuitiva más que racional.
Newman lleva esta reflexión a los niveles del alma, preguntando si existe zona de confort incluso a nivel del Néfesh, el cuerpo. Sabán confirma que no: el propio organismo está en constante regulación, incluso cuando no somos conscientes de ello, como demuestra una alergia que aparece después de sesenta años sin manifestarse.
Si quieres profundizar en cómo la Cábala explica los distintos niveles del alma —Néfesh, Rúaj, Neshamá— y su relación con esta dinámica de cambio constante, el curso Cábala desde cero: Introducción a la mística hebrea ofrece una base sólida y accesible para comenzar.
La Sucá y la conexión permanente con el cambio
Sabán recurre a un símbolo profundamente cabalístico para ilustrar el equilibrio ideal: la Sucá, la cabaña construida en el desierto durante la festividad judía del mismo nombre. Su techo, deliberadamente abierto, permite ver el cielo.
Según explica, esa apertura no es un descuido constructivo, sino una decisión consciente: la Sucá mantiene a quien habita en ella conectada con los cambios astronómicos y con el flujo cósmico, en lugar de aislarla completamente del exterior.
Este símbolo condensa la propuesta central del episodio: no se trata de protegerse del cambio construyendo un techo hermético, sino de habitar la propia vida con la misma apertura que exige la Sucá, aceptando la intemperie como parte natural de la existencia.
Conclusión: salir de la zona de confort como ley cosmogónica
Esta conversación deja una certeza incómoda pero liberadora: la zona de confort no es un refugio legítimo, sino una ilusión mental que choca, tarde o temprano, con la dinámica constante del universo.
Comprender esto no significa perseguir el cambio de forma temeraria, sino aceptar que la estabilidad absoluta no existe ni en el cosmos ni en el propio cuerpo, y que resistirse a esa dinámica solo pospone un reajuste que, según la Cábala, terminará llegando de un modo u otro.
Como bien resume esta charla, la verdadera espiritualidad no consiste en congelar la realidad, sino en sostener, como la Sucá, un techo abierto al cielo que permita transitar el cambio sin miedo ni temeridad.
Si quieres seguir profundizando en cómo la Cábala entiende el dinamismo del alma y del universo, te invitamos a explorar estos conocimientos con más detalle.
Y si quieres ampliar todo lo que hemos comentado aquí, puedes ver a continuación el vídeo completo en el que se basa este artículo, con la conversación íntegra entre Mario Sabán y Nacho Newman.