Los otros: cuando las relaciones interpersonales son maestros…o infierno

En el marco de la Cábala, los otros no son un adorno de nuestra biografía, sino el escenario principal donde se juega nuestro destino espiritual.
Allí, en el territorio vivo de las relaciones interpersonales, se revela tanto nuestro potencial de amor como nuestras zonas más oscuras de desequilibrio.

En el episodio “Los OTROS: Maestros o Infierno”, Mario Sabán y Nacho Newman se preguntan si el otro es un camino de aprendizaje o una condena existencial.
Retoman la célebre frase de Sartre —“Los otros son el infierno”— para matizarla desde la Cábala: si yo soy “otro” para los demás, también puedo ser infierno para alguien más, pero puedo igualmente encarnar un maestro para su proceso.

Desde esta perspectiva, las relaciones interpersonales se sitúan en Yesod, la sefirá vinculada a los vínculos, las parejas, la familia y el mundo laboral.
Las preguntas clave del episodio son profundas: ¿cómo nos afecta el desequilibrio del otro?, ¿hasta dónde acompañar sin perder el eje?, ¿cuándo el amor es rectificación y cuándo se transforma en sacrificio destructivo?

¿Cómo nos afecta el desequilibrio del otro?

Mario Sabán parte de una idea contundente: si uno no se protege, el conflicto del otro invade y rompe tu protección.
En lenguaje cabalístico, esto significa que, si Tiféret (nuestro centro) no está resguardado, la energía clipótica del otro puede arrastrarnos a su caos.

El desequilibrio del otro se vuelve peligroso cuando no encuentra límites en nosotros.
“Cuando el desequilibrio del otro invade tu eje, ya no estás acompañando, estás sustituyendo un trabajo que no te corresponde”, podríamos resumir a partir de la lógica que Sabán desarrolla sobre la autoprotección. 

En términos psicológicos y espirituales, esto implica dos movimientos simultáneos:

  • Reconocer que el otro tiene sus propios desequilibrios, tal vez muy distintos a los nuestros.
  • Discernir cuándo ese desequilibrio comienza a desestabilizar nuestra propia psique y nuestra vida cotidiana.

En el fondo, las relaciones interpersonales se convierten en un campo de fuerzas donde los límites, la compasión y la responsabilidad personal se ponen a prueba constantemente.
Mario resume este peligro diciendo que hay “mucha gente arrastrada por los otros, arrastrada por el desequilibrio de los otros”.

Relaciones interpersonales y conciencia

La Cábala no entiende las relaciones interpersonales como un fenómeno meramente social.
Cada vínculo revela un nivel de conciencia: “todos tenemos nuestros desequilibrios y además diferentes niveles de conciencia”, subraya Sabán.

Desde esa óptica, el problema no es solo con quién nos relacionamos, sino desde qué nivel de conciencia nos vinculamos.
Estar unido a alguien con un nivel de conciencia muy distinto puede generar una brecha difícil de sostener: conflictos matrimoniales, hijos que no quieren hablar con sus padres, vínculos familiares y laborales tensos.

La conciencia, en Cábala, no es un estado abstracto, sino la capacidad de detectar desequilibrios y entrar en proceso de rectificación (tikún).
La pregunta de fondo es: ¿Mi relación con el otro impulsa mi conciencia o la adormece?

Como bien afirma Sabán, “las relaciones… son infinidad de temas y de problemas y de perspectivas y de cómo uno ve al otro”.
La forma en que miramos al otro —como amenaza, como carga, como espejo, como maestro— habla tanto de nuestros ojos como del alma que tenemos delante.

Compasión sí, pero con límites claros

Uno de los puntos más finos del diálogo es el equilibrio entre compasión y autopreservación.
Sabán afirma: “Siempre hay que ver al otro con compasión”, pero inmediatamente añade la necesidad de autoprotección y límites cuando el otro ataca de forma permanente.

Aquí se dibuja una enseñanza central para las relaciones interpersonales:

  • Compasión: reconocer que “todos somos imperfectos” y que el otro, como nosotros, puede equivocarse.
  • Autopreservación: si el otro “me está atacando en forma permanente, yo tengo que finalmente apartarme de esta persona”.

Mario introduce el término contemporáneo de “persona tóxica”, que traduce al lenguaje de la Cábala como alguien klipótico, “que tiene una serie de klipot que no quiere trabajar o que no puede trabajar, pero que nos está afectando”.
La compasión no significa quedarnos paralizados en una relación que nos destruye bajo la excusa de aprender del sufrimiento.

Como bien resume Sabán: “Si tú aprendiste, te vas”.
Lo contrario, quedarse “en una situación masoquista”, es una confusión espiritual grave donde la supuesta enseñanza del otro justifica una autoanulación prolongada.

No estás acá para salvar a nadie

En la conversación aparece una crítica directa a la fantasía mesiánica que muchas personas proyectan en las relaciones interpersonales.
“Hay una idea mesiánica con respecto a los otros. Yo la voy a cambiar, porque con mi amor la voy a cambiar”, señala Sabán con ironía, describiendo a alguien que lleva “20 años” intentando modificar los desequilibrios ajenos sin éxito.

El punto clave es la diferencia entre ayudar y salvar:

  • “Yo puedo ayudar al otro, pero no salvarlo.”
  • “Llega un momento que me tengo que proteger y si en esa ayuda el otro me está arrastrando al precipicio… yo no quiero caer en el precipicio si el otro se quiere caer.”

Sabán afirma con claridad: “Yo no vengo a salvar al otro… pero sí me tengo que salvar a mí”.
Este desplazamiento de foco es profundamente cabalístico: mi tikún no pasa por sustituir el trabajo del otro, sino por realizar la rectificación de mi propia alma.

Este falso mesianismo, que él llama “klipá de Jésed, dar mucho más a los demás de lo que se da uno”, destruye el equilibrio interior y deja la puerta abierta al abuso.
En las relaciones interpersonales, el amor se distorsiona cuando se transforma en sacrificio unilateral y permanente.

Amor propio es poner un freno

Desde la Cábala, el amor a sí mismo no es egoísmo sino condición de posibilidad de todo vínculo sano.
“Hay que tener un límite que es mi propio amor personal, que no es egoísmo para nada”, insiste Sabán.

Ese límite se expresa en decisiones muy concretas: retirarse de vínculos donde uno se siente “ninguneado, desplazado o aplastado por el otro”.
Amor propio, en este contexto, es la capacidad de decir “hasta aquí” cuando una relación interpersonal deja de ser espacio de crecimiento y se convierte en campo de anulación.

Mario ofrece ejemplos claros: padres o madres desequilibrados, o incluso “un hijo muy desequilibrado que lo vuelve loca a la persona”.
La Cábala no niega el deber de ayudar, pero lo acota con precisión: “esa persona tiene que ayudar al hijo, pero lo va a ayudar hasta cierto límite porque ese hijo debe tener la fuerza también para rectificar y hacer su propio trabajo”.

Aquí aparece una regla de oro: no podemos reemplazar la rectificación que le corresponde al otro.
Cuando intentamos hacerlo, convertimos el amor en dependencia, y el vínculo en un sistema mutuo de esclavitud emocional.

El otro no siempre es tu espejo

Un discurso muy extendido en la espiritualidad contemporánea afirma que “el otro siempre me refleja”.
Mario Sabán matiza con fuerza esta idea: “Siempre el otro es un espejo, ¿no es cierto?, de algo”, comenta Nacho, a lo que Mario responde: “Bueno, pero no siempre. Si el tipo es tóxico y yo no tengo esa toxicidad, no soy…”.

Sabán advierte que el otro puede reflejar lo opuesto, o simplemente mostrar su propio desequilibrio sin que ello implique que sea un espejo directo de nuestras sombras.
El problema es que muchas personas utilizan esta idea de espejamiento para justificar su permanencia en vínculos destructivos: “Con la justificación de que el otro me está reflejando mi desequilibrio, hay mucha gente que se queda en las parejas”.

Mario no niega que haya un aprendizaje en quedarse un tiempo con alguien desequilibrado.
Reconoce, de hecho, que “si yo me quedo en la relación tóxica… hay que mirar qué desequilibrio tengo yo para aguantar a una persona desequilibrada. Es la oportunidad para poderlo percibir”.

Pero la clave está en lo que ocurre después de la toma de conciencia: “Lo percibí y al otro día, ¿qué hago? Y te tenés que pirar”.
Es decir: el aprendizaje verdadero implica movimiento, no mera contemplación de la propia neurosis.

Evangelizar es una forma de desequilibrio

En otro momento del diálogo, Nacho trae su experiencia en una institución religiosa donde el concepto de “salvación” se utilizaba con frecuencia.
Él se preguntaba: “¿No hay algo un poco de egolatría en decir que uno tiene que salvar al otro? ¿Quién soy yo para salvar al otro?”.

Mario responde sin rodeos: “Ese es el concepto dogmático de evangelización”.
Se refiere a las grandes religiones evangelizadoras que, al creer que poseen la verdad absoluta, tratan de convencer a los demás de su verdad.

Para Sabán, este impulso evangelizador es un fundamentalismo dogmático y una forma de desequilibrio:
“Alguien que evangeliza a otro tiene una idolatría y una soberbia de creer que tiene la verdad. Y nadie tiene la verdad sino Dios”.

Desde la Cábala, cada alma tiene su camino y la colonización espiritual del otro es una invasión del espacio del alma ajena.
La relación sana, también en lo espiritual, no busca colonizar ni uniformar, sino respetar la singularidad del recorrido del otro.

Este punto es esencial para las relaciones interpersonales que nacen en contextos espirituales o terapéuticos.
Convertir el vínculo en un proyecto de evangelización es siempre una forma de desequilibrio, aunque se esconda tras discursos de luz o de amor.

Toda relación sana es dinámica

Un eje fundamental del episodio es la crítica a las relaciones rígidas, anquilosadas, donde no hay cambio ni crecimiento mutuo.
Nacho lo resume diciendo que se trata de “relaciones anquilosadas que no se mueven y no son dinámicas”.

Mario profundiza: “Toda la realidad del universo es dinámica y nosotros pretendemos tener una verdad absoluta”.
La dinámica universal se traduce, en Cábala, en el concepto de revelación: algo se revela, trae algo nuevo, modifica la comprensión de la realidad.

Así, si nuestra personalidad después de treinta años ha crecido, es natural que ciertas relaciones interpersonales ya no nos representan como antes.
“Te casaste con la persona cuando tenía 25, ahora tiene 55 y es una persona completamente diferente a la que tú elegiste, y viceversa.”

Este dinamismo también se ve en las amistades: amigos de la infancia, de la secundaria, de distintas etapas de la vida.
En todos los casos, la Cábala plantea que el miedo crea dogmas, zonas de seguridad y la ilusión de que no hay dinámica.

Aceptar que las relaciones interpersonales cambian es aceptar que nosotros mismos estamos en proceso de revelación continua.
Negarlo es intentar fijar la vida en una foto estática de algo que ya no existe.

El Tikún se revela en los vínculos

Hacia el final del episodio, la conversación desemboca en uno de los ejes más profundos de la Cábala: el tikún (rectificación) a través del otro.
Para ilustrarlo, Sabán recurre a la figura de Yosef y sus hermanos en la Torá.

Describe a Yosef como un “chulo, un soberbio” frente a sus hermanos, alguien que se creía superior y que tuvo que atravesar una larga historia para rectificar esa soberbia.
La reconciliación final no es un gesto sentimental, sino “la prueba del tikún de Yosef, la prueba del nivel que alcanzó Yosef en su rectificación”.

Cuando finalmente los abraza y les dice “Soy vuestro hermano José”, el texto muestra que ha terminado su tikún con ellos.
Por eso Mario puede afirmar: “Nuestro tikún termina con los otros. Nuestro tikún termina en ver qué relación tenemos con los demás.”

No se trata, dice, de un tikún que concluye “en una montaña con el zumo verde”, sino en la vida cotidiana: en la pareja, en la familia, en el trabajo, en la copistería donde alguien te atiende mal.
Allí se mide si respondemos desde el conflicto o desde el amor, desde el ego herido o desde un corazón equilibrado.

Un ejemplo revelador que comparte Sabán es el del cajero que lo atiende de manera agresiva: él decide responder con amabilidad, sin entrar en el “jueguito” del conflicto, y observa cómo el otro se descoloca y “hace su tikún casi inmediatamente”.
“Cuando contestas al conflicto con amor, el otro se descoloca totalmente”, comenta.

El poder del amor consciente

Al final del episodio, la enseñanza se condensa en un principio cabalístico clásico: “Ama a tu prójimo como a ti mismo… ni más ni menos que a ti mismo”.
La dificultad está en encontrar ese equilibrio: hay quienes aman más a los otros que a sí mismos y quienes se aman de forma desproporcionada, descuidando al prójimo.

Mario señala que “la gente que es perniciosa con el otro y destructiva con el otro es porque se ama poco… ya anida en su interior su propia autodestrucción”.
La destructividad hacia los demás es la extensión hacia afuera de una autodestrucción previa.

El amor consciente, en términos de Cábala, no es un sentimentalismo ingenuo.
Es la capacidad de sostener simultáneamente:

  • Autoprotección de Tiféret, para no ser arrastrados por el desequilibrio ajeno.
  • Una tendencia amorosa que, cuando el otro no está demasiado desequilibrado, le permite unirse a nosotros y rectificarse.

Como resume Sabán: “El otro es indispensable para poder hacer tikún.”
Las relaciones interpersonales se convierten así en el gran laboratorio del alma, donde practicamos cada día el delicado arte de amar sin destruirnos y de cuidarnos sin cerrar el corazón.

Relaciones, Yesod y el Árbol de la Vida

En la Cábala, el lugar estructural de las relaciones interpersonales es Yesod, la sefirá que recoge y canaliza la energía del Árbol de la Vida hacia el mundo de la manifestación.
Nuestra forma de vincularnos —cómo amamos, cómo nos apegamos, cómo ponemos límites— está unida a la imagen que proyectamos y a las maneras concretas con las que interactuamos con el entorno.

En la enseñanza de Mario Sabán, Yesod se conecta con Hod y Nétzaj: las distintas formas de comunicar, de argumentar, de persuadir o de sostener una posición en el vínculo.
“Nuestras relaciones exteriores, la imagen que proyectamos (Yesod) y nuestras distintas formas de comunicar (Hod y Nétzaj)” constituyen un mapa fino para comprender por qué ciertos vínculos nos elevan y otros parecen hundirnos.

Si deseas profundizar en esta cartografía espiritual y entender en detalle cómo se articulan estas sefirót en tu propia vida, puedes explorar el curso Creación del universo y Árbol de la Vida, donde se abordan estos niveles del alma y su impacto directo en la vida relacional.
Comprender el Árbol de la Vida es comprender también la arquitectura invisible de todas nuestras relaciones interpersonales.

Conclusión: aprender a amar sin perderse

Desde la mirada de la Cábala, los otros son, al mismo tiempo, la mayor amenaza y la mayor oportunidad para nuestra alma.
Pueden ser infierno cuando nos arrastran a un desequilibrio que no nos pertenece, cuando nos quedamos por miedo, culpa o falso mesianismo, o cuando convertimos la relación en una zona de seguridad en pleno infierno.

Pero también son maestros cuando, al ver su desequilibrio, descubrimos el nuestro y nos atrevemos a cambiar; cuando aprendemos a poner un freno desde el amor propio; cuando dejamos de evangelizar y empezamos a respetar el camino único de cada alma.
Nuestro tikún, dice Sabán, no termina aislado del mundo, sino “cuando estoy con el otro, en la relación con el otro”.

Las relaciones interpersonales son, en suma, el espacio privilegiado donde se revela la verdad de nuestro corazón.
Y el desafío es enorme: cuidar la propia Tiféret sin cerrarla, proteger el eje sin perder la capacidad de amar, acompañar al otro sin salvarlo ni colonizarlo.

Si sientes que este tema resuena con tus procesos, te invito a seguir profundizando en la estructura espiritual que sostiene tus vínculos.
El curso Creación del universo y Árbol de la Vida ofrece una puerta de entrada rigurosa y vivencial para comprender cómo el Árbol de la Vida se encarna en tu historia, en tus límites y en tu manera de amar.

Porque, al final, tal como se desprende de las palabras de Sabán y Newman, aprender a relacionarnos es aprender a revelar la chispa divina que somos en cada encuentro.
Y cada encuentro —amoroso, conflictivo, fugaz o duradero— es una nueva oportunidad de hacer tikún a través del otro.

 

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