Hay conversaciones que empiezan con una anomalía. Esta es una de ellas.
En el Kabala Podcast, Mario Sabán y Nacho Newman retomaban un tema inconcluso: la sesión anterior había sido interrumpida misteriosamente en el momento justo en que comenzaban a hablar de Isaac Kaduri, uno de los místicos judíos más extraordinarios del siglo XX. El audio se cortó. El equipo quedó desconcertado. Y Sabán, con la serenidad de quien ya ha vivido demasiadas sincronicidades para sorprenderse, les dijo simplemente: «Estas cosas suceden cada vez que se habla de este tema.»
Con ese preámbulo, y con la sana cautela de quien sabe que hay realidades que no siempre se dejan grabar, Sabán abre la conversación sobre los poderes de los grandes cabalistas. Lo que sigue no es folclore ni entretenimiento espiritual. Es una de las reflexiones más lúcidas que puede encontrarse sobre qué significa realmente el poder en la tradición de la Cábala.
Los grandes cabalistas y el origen del poder
La primera afirmación de Sabán deja sin suelo a cualquier mitología superficial: «nadie tiene ningún poder. Todo el poder proviene de la divinidad.»
Esta aclaración no es modestia retórica. Es la distinción fundamental que separa al cabalista del mago. El mago cree que el poder le pertenece, que lo ejerce por mérito propio o por posesión de ciertos secretos. El cabalista, en cambio, entiende que lo que lleva su nombre no es poder sino conexión. Conexión con la matriz, con el campo de energía invisible que sostiene toda la realidad visible.
Cuando hablamos de los poderes de los grandes maestros de la Cábala —Kaduri, Luria, Sharabi, Abulafia, Moisés Cordovero, el Baba Sali— estamos hablando exactamente de eso: de almas que, a través de décadas de entrenamiento ético y meditativo, lograron afinar su sintonía con esa matriz hasta el punto de poder operar desde ella.
El entrenamiento no es un detalle secundario. Es la condición de posibilidad de todo lo demás.
Esta visión se resume muy bien en un breve avance de Kabala Podcast donde Sabán presenta los poderes de los grandes cabalistas y cómo acceden al mundo invisible a través del trabajo interior, recordando que no se trata de magia, sino de conexión con la matriz divina.
La conexión con la matriz: profundidad vs. superficie
Vivimos, dice Sabán, en «el mundo de la imagen, el mundo de lo que se ve en la superficie.» Las redes sociales, la velocidad de la información, la presión constante por producir contenido y consumirlo: todo conspira para mantener la atención atrapada en lo superficial.
Los maestros de la mística hebrea hicieron exactamente lo contrario. «Estos grandes cabalistas entraron en la zona profunda de la realidad, extrajeron información de ahí y, por lo tanto, operaron con esa información.»
Esa zona profunda no es inaccesible por naturaleza. Es inaccesible por falta de preparación y de tiempo. El camino que conduce a ella pasa por los Nombres de Dios y los mantras meditativos que los activan: portales dentro de la Cábala que permiten cruzar del mundo visible al invisible y traer de vuelta algo que puede manifestarse en la realidad concreta.
Quienes han comenzado a explorar la historia de la Cábala y el legado de sus grandes transmisores comprenden rápidamente que detrás de cada nombre ilustre hay décadas de un trabajo que nadie veía desde fuera.
El obstáculo de la velocidad y la trampa de la especulación intelectual
Nacho Newman recoge una idea de Rav Laitman que Sabán amplía con precisión: «al estudiar la sabiduría de la Cábala, el hombre atrae fuerzas positivas de la naturaleza.» Pero, añade Newman, esas técnicas «no tienen efectividad si no hay un proceso de preparación.»
Sabán identifica dos obstáculos concretos que bloquean el acceso a la profundidad espiritual en el mundo contemporáneo.
El primero es creer que lo espiritual se encuentra en la superficie. «Lo espiritual tiene que ver con la profundidad, y cuando captas esa profundidad, llevarla a la superficie.» La confusión entre experiencia espiritual y consumo espiritual es uno de los grandes problemas de nuestra época.
El segundo es la especulación intelectual desconectada de la experiencia: «acumulación de información que no sabemos cómo experimentarla.» Conocer mucho sobre la Cábala sin haberla vivido desde adentro es como conocer de memoria todos los ingredientes de un plato sin haber cocinado nunca.
Sabán lo dice a sus propios alumnos con honestidad: «hay mucho que leer, hay mucho que experimentar, hay un proceso que descubrir; realicen ese proceso.» Y añade una advertencia que revela su responsabilidad como maestro: quien quiera salir a enseñar Cábala debería hacerlo cuando su proceso interior esté «bastante avanzado», porque si no, no podrá llegar a los niveles que los grandes maestros alcanzaron.
Shalom Sharabi: el arquitecto de los portales meditativos
Para entender a Kaduri es necesario entender a Shalom Sharabi, el cabalista yemenita del siglo XVIII que Sabán describe como el hombre que tradujo la visión de Isaac Luria en tecnología espiritual operativa.
Luria, el gran místico de Safed, había descifrado en el siglo XVI los mecanismos energéticos del universo con una profundidad sin precedentes. Pero su obra era fundamentalmente descriptiva: explicaba cómo funciona la realidad invisible, cómo se estructuran las energías, cómo los nombres divinos operan en los distintos universos. Lo que Luria no dejó de forma sistemática fue el «cómo usarlo.»
Sharabi hizo exactamente eso. «¿Cómo disponemos de estas energías para nuestro propio beneficio para entrar en el mundo invisible?», resume Sabán la pregunta que se hizo Sharabi. Y la respuesta fueron los mantras meditativos: combinaciones específicas de los nombres de Dios organizadas dentro del símbolo del Árbol de la Vida, cada una como una llave que abre una puerta a un tipo concreto de energía.
Pero Sharabi comprendió algo más: que los momentos del año no son energéticamente equivalentes. Rosh Jodesh, Januca, Purim, el Año Nuevo… cada festividad trae consigo una frecuencia de energía distinta, y para cada una existe un mantra específico. El resultado es una obra de más de 25 o 30 volúmenes —algunos de 300 o 400 páginas— que constituyen una auténtica enciclopedia de la conexión espiritual. «Tienes una comprensión del tipo de energía que se mueve durante el año», dice Sabán con admiración sincera.
Quien quiera comprender cómo funcionan estos portales meditativos desde la perspectiva de la meditación cabalística y su capacidad transformadora encontrará en esa tradición —que va de Luria a Sharabi y de Sharabi a Kaduri— la columna vertebral de toda la práctica contemplativa de la alta Cábala.
Isaac Kaduri: el hombre que llegó desde Bagdad
Kaduri recibe el legado de Sharabi a través del linaje de los cabalistas de Bagdad, una de las escuelas de esoterismo judío más antiguas del mundo. «Recordemos que de ahí viene el Talmud de Babilonia, que se escribió entre el siglo II y el siglo V», contextualiza Sabán. Estas escuelas tenían casi dos mil años de desarrollo cuando Kaduri comienza su camino.
En Jerusalén, Kaduri se integra en el centro Bet El, fundado por el propio Sharabi cuando emigró a Tierra Santa. Es ahí donde sus prácticas con los portales meditativos alcanzan niveles que la mayoría de los estudiantes de Cábala solo pueden imaginar.
Kaduri murió en 2006 con 104 o 105 años. Desde joven había estado inmerso en los grupos de la Cábala práctica. «Él conocía muy bien qué tipo de portales se abrían a partir de los Nombres de Dios», dice Sabán. Ese conocimiento no se adquiere en meses ni en años. Se forja en décadas de trabajo interior silencioso y constante.
La anécdota de Buenos Aires: un milagro sin cámaras
Y entonces Sabán cuenta la historia.
Kaduri es llamado a Buenos Aires —con más de 90 años— para atender a la hija de un importante banquero argentino que se encontraba en coma tras un accidente. Los médicos habían descartado cualquier posibilidad de recuperación. La familia, desesperada, recurre a alguien que viene de otro paradigma de comprensión de la realidad.
Sabán conoció a Kaduri en ese viaje, aunque desde la distancia: lo vio entrar en la sinagoga de Yeshurun, en el barrio de Palermo, con un paso lento y pausado que imponía un silencio extraño. «Entre el público presente había autoridades del protestantismo, de la Iglesia Católica, del Islam… todos de alguna manera haciendo una genuflexión cada vez que Kaduri iba avanzando paso por paso.»
Cuando llegó al lugar donde se lee la Torá, todo el mundo esperaba un discurso. «Kaduri en esa época ya casi no hablaba», dice Sabán. Hizo una bendición en silencio, movió dos veces la mano y se fue. Pero lo que Sabán recuerda con mayor intensidad no fue el gesto, sino la energía. «Yo sentía que ahí había algo bastante fuerte, muy, muy interesante con respecto a su alma, con esa irradiación de energía que él tenía.»
Lo que sucedió en la habitación de la mujer en coma lo conoció después, por terceros, y luego por la propia protagonista, a quien encontró casualmente en un cumpleaños tres meses más tarde.
¿Qué pasó en esa habitación?
Kaduri entró con los libros de Shalom Sharabi. Pidió que apagaran las luces. Trabajó durante dos o tres horas en silencio, en oscuridad, sin cámaras, sin testigos. Se fue. Y pidió que a los tres días desconectaran a la mujer de las máquinas médicas.
«Con toda la responsabilidad del asunto», subraya Sabán. Desconectar a alguien que depende de soporte vital es una decisión que no se toma a la ligera. Pero lo hicieron. Y la mujer se recuperó.
«La recuperación fue algo fuera de la lógica médica, indudablemente», dice Sabán. Nadie supo qué había ocurrido en esa habitación a oscuras.
Lo que sí se sabe es con qué libros entró Kaduri. «Inmediatamente cuando yo me enteré de toda esta información, me fui a comprar los libros a Jerusalén.» Y añade algo que no es un dato menor: «Con esos libros suceden cosas raras, suceden cosas muy extrañas. A mí me sucedieron apariciones, almas que tomaron contacto… es como que el propio libro, las propias letras de los Nombres de Dios, realmente por sí mismas abren portales.»
Y pone la advertencia que cualquier maestro responsable pondría: «si uno no está entrenado y abren esos portales y pasan cosas por ahí, hay que tener mucho cuidado, mucha responsabilidad para saber qué está pasando.»
La donación de Kaduri: purificar el acto
Antes de entrar a trabajar, Kaduri hizo algo que Sabán destaca como clave para entender la lógica espiritual que subyace a todo el proceso.
Le dijo al banquero: piense cuánto me pagaría por salvar la vida de su hija. Calcule esa cifra. Pero no me la diga. Simplemente dónala a los pobres.
El motivo es preciso: si Kaduri aceptaba ese dinero, «lo que iba a hacer no salía. Estaba como de alguna manera impurificado.» Al redirigir ese flujo hacia quienes más lo necesitan, se generaba una convergencia de energía colectiva: la alegría de muchas familias, el acto de reparación del mundo —Tikún Olam— que esa donación representaba, sumaba su fuerza a la intervención espiritual.
«De alguna manera Kaduri se pone de aliados a mucha gente en el colectivo que le va a llevar energía a la recuperación.» Es una operación cosmogónica: un acto que moviliza fuerzas invisibles a través de un acto de bondad visible.
La pureza de la intención no es un detalle ético menor en la Cábala. Es la condición técnica para que el canal permanezca limpio.
El reencuentro: la validez de lo vivido fuera de la sugestión
Tres meses después, Sabán se encuentra por casualidad en un cumpleaños con la mujer que había estado en coma. Ella misma le confirma todo. Él hace una observación que revela la rigurosidad de su pensamiento: «A mí me parece que le da mucha más validez cuando esto se sitúa en el marco de la no sugestión.»
En 1993 o 1994, cuando todo esto ocurrió, Sabán no llevaba aún el camino de la Cábala. No tenía la predisposición de alguien inmerso en un sistema espiritual. «Acá no hay ningún componente por mi parte donde me sugestionaba con temas de Cábala.» Eso hace que su testimonio sea especialmente significativo.
El milagro es conocimiento, no ignorancia
Aparece en la conversación el Baba Sali, Israel Abuhatzeira, otro de esos nombres a los que se atribuyen cientos de fenómenos inexplicables por la lógica ordinaria. Y Sabán ofrece la definición que da sentido a todo el episodio de Kaduri: «el milagro en términos de Cábala es un conocimiento más profundo de la realidad, no el milagro relacionado con la ignorancia, sino con un conocimiento profundo que me lleva.»
El milagro no es la suspensión de las leyes naturales. Es la activación de leyes que la mayoría desconoce. El cabalista que opera desde ese nivel no está haciendo magia: está usando conocimiento. Un conocimiento que requirió décadas de preparación para ser adquirido y que no puede transmitirse de forma instantánea ni superficial.
La trampa de la inmediatez y el dolor que pide alivio rápido
La conversación termina con una reflexión que Sabán lleva al plano de la experiencia humana más común: el sufrimiento.
«Los efectos inmediatos no curan, simplemente anulan, anestesian el dolor.» Esta frase, con la que el propio Sabán abre el episodio, resume uno de los problemas más profundos del mundo espiritual contemporáneo. Cuando alguien sufre, pide resultados rápidos. Y hay un mercado enorme dispuesto a ofrecernos: recetas, técnicas, fórmulas de tres pasos.
Pero la Cábala no funciona así. Su lógica es otra: horas de reflexión profunda, meditación sostenida, estudio honesto, integración de los conocimientos en la vida cotidiana. «Lo que nos redime es nuestro trabajo interno de rectificación, de una responsabilidad, de un proceso de comprensión, de un proceso de análisis, de un proceso de meditación. Esto no es una receta de cocina donde tienes tres ingredientes. Esto es un proceso de aprendizaje interior.»
Conclusión: la profundidad no se salta
La historia de Isaac Kaduri y la mujer en coma no es una anécdota sobrenatural para ser consumida con curiosidad y olvidada. Es una demostración de lo que ocurre cuando una persona dedica una vida entera a entrenar su conexión con la matriz de la realidad.
Los grandes cabalistas no nacieron con poderes extraordinarios. Los cultivaron. Con estudio, con ética, con paciencia y con el valor de ir a donde la mayoría no quiere ir: a la profundidad incómoda, lenta e invisible que es la única zona desde la que la realidad puede ser transformada desde su raíz.
Si sientes que ha llegado el momento de comenzar ese camino con seriedad y con fundamento, Cábala desde cero: Introducción a la mística hebrea es el punto de partida que la Escuela de Cábala de Mario Sabán ha diseñado para que ese proceso se haga bien: con orden, con profundidad y con la humildad que exige un conocimiento de esta magnitud.
Porque los atajos espirituales no llevan a ningún sitio. El camino, en cambio, lleva a todo.