Hay preguntas que la humanidad lleva siglos esquivando. No porque carezca de respuestas, sino porque las respuestas que ofrece la lectura literal del texto bíblico resultan demasiado incómodas para los marcos interpretativos convencionales.
¿Qué es exactamente esa nube de fuego que guiaba al pueblo de Israel por el desierto? ¿Qué era la Merkabá que describe Ezequiel con una minuciosidad técnica que sigue desconcertando a teólogos y ufólogos por igual? ¿Y qué significa que Dios —el Dios del texto sagrado— sea, en sus propias palabras, una entidad que viene de fuera?
En una conversación reciente del Kabala Podcast, Mario Sabán y Nacho Newman abordaron de frente la presencia de los ovnis en la Biblia desde la perspectiva de la Cábala. No como curiosidad, no como provocación, sino como un ejercicio serio de lectura honesta del texto hebreo y de sus implicaciones metafísicas, espirituales y cosmológicas.
El resultado es una de las conversaciones más estimulantes que puede encontrar quien se acerque a la Cábala con curiosidad genuina.
La infancia ufológica: Von Däniken, Zerpa y el despertar de la pregunta
Sabán comienza con una honestidad desarmante. Reconoce que su fascinación por los fenómenos extraterrestres viene de lejos: de la literatura de Erich Von Däniken, de los programas del célebre ufólogo argentino Fabio Zerpa, de las películas de Spielberg —Encuentros en la tercera fase lo marcó con apenas siete años—, y sobre todo de la mítica serie Cosmos de Carl Sagan.
«Me quedé completamente impactado», recuerda Sabán sobre aquella primera proyección cinematográfica. No es una anécdota menor. Es el origen de una pregunta que no lo abandonaría: si la inteligencia puede existir más allá de la Tierra, ¿qué dice el texto más antiguo y más estudiado de la humanidad sobre esas presencias?
La Voyager 1 y la Voyager 2 —aquellas sondas que llevan décadas viajando con un disco de metal con saludos en distintos idiomas, grabadas como mensaje para cualquier civilización que las interceptara— resuenan en su memoria como evidencia de que la humanidad siempre supo, en el fondo, que no está sola.
Ovnis en la Biblia: lo que el texto dice antes de la censura
Antes de entrar en los pasajes más conocidos, Sabán ofrece una información histórica que cambia completamente la lectura del texto bíblico. En el siglo IV antes de la era común, el Sanedrín llevó a cabo lo que él llama «las enmiendas de los soferim» —de los escribas—: una censura sistemática del texto que extrajo cerca de 38 antropomorfismos de la figura divina.
Esto significa que el Dios que leemos hoy en la Biblia es, literalmente, menos corpóreo de lo que era en el texto original. Como señala Sabán, «el Dios de la Merkabá, el Dios del carro de fuego, es un Dios antropomórfico.» Un Dios con forma. Con presencia física. Con un vehículo.
Ese vehículo es la Merkabá. Y la palabra no deja lugar a ambigüedad: merkabá viene de lijrov, que en hebreo significa «montarse», como quien monta un caballo. Es un carro. Un objeto que se desplaza.
Ese carro aparece cuatro veces de manera inequívoca en el texto sagrado: cuando Enoc asciende al cielo, cuando Elías asciende, en el capítulo 1 de Ezequiel —el texto cabalístico más comentado y más protegido de la historia— y en el capítulo 6 de Isaías. Cuatro testimonios de una misma realidad: hay algo que vuela, que se identifica, y desde el que una entidad toma contacto con los profetas de Israel.
No es una alegoría. O más precisamente: como recuerda Sabán citando un principio fundamental de hermenéutica cabalística, «el sentido simbólico nunca anula lo literal.»
La nube, la columna de fuego y el Arca de la Alianza
Pero la Merkabá no es el único objeto identificado en los textos. En la Torá, en los cinco primeros libros de Moisés, aparece algo que Sabán describe como «todavía más fuerte»: la famosa nube que guiaba al pueblo de Israel durante cuarenta años de travesía por el desierto.
«Una nube negra que guiaba durante el día», dice Sabán, «y una nube de fuego que durante la noche orientaba al pueblo. A veces eran dos nubes, una que iba atrás y otra delante.» La conclusión a la que llega es directa: «Indudablemente, estos son objetos. Claramente están volando, son voladores.»
Y están identificados. Porque desde esos objetos se manifestaba lo que la tradición llama «el Dios azul» —de ahí que los tzitzit, las borlas del manto ritual judío, lleven una línea azul en su honor—. Una presencia reconocible, que regresa, que da instrucciones, que tiene una agenda.
El Arca de la Alianza encaja en este mapa con una lógica inquietante. Sabán la describe como «una especie de reposte de combustible, de electricidad o de alguna forma de energía.» El Arca no era solo un cofre sagrado: era el punto de contacto, el nodo de conexión entre la nave y la tierra.
La zarza ardiente que no se consume. El «fuego extraño» que mata a los dos hijos de Aarón cuando se acercan sin la preparación adecuada. El rollo que Dios le da a Ezequiel para que lo trague, para que hable a través de él. Cada uno de estos episodios, leído sin la distorsión del hábito religioso, señala en la misma dirección: estamos ante presencias de tipo extraterrestre que operan con una tecnología y una biología distintas a las nuestras.
Los ángeles de Abraham: entre lo físico y lo energético
Uno de los pasajes más fascinantes que analiza Sabán es el encuentro de Abraham con los tres ángeles en los capítulos 17 y 18 del Génesis. Lo que hace a este episodio especialmente relevante no es solo la visita en sí, sino la naturaleza de esos seres.
«Podían pasar de lo energético a lo físico», explica Sabán. «No tenían nuestra estructura biológica. Si nosotros tenemos sangre roja, ellos tenían otra conformación biológica.» Son seres que existen en la frontera entre lo material y lo energético, capaces de moverse en ambos registros.
El episodio se complica aún más cuando de los tres ángeles, dos parten hacia Sodoma y Gomorra, y el que se queda con Abraham le dice: «Yo soy tu Dios.» Un ángel que, de repente, se identifica como la divinidad misma. Hay una jerarquía, una estructura de mando. Era el jefe de los tres.
Y aquí entra una de las enmiendas de los soferim que Sabán menciona con especial énfasis. El versículo original decía: «Y Dios se quedó de pie frente a Abraham.» Los escribas del Sanedrín lo invirtieron: «Abraham se quedó de pie frente a Dios.» El motivo es claro: un Dios de pie, esperando a un humano, era demasiado antropomórfico, demasiado físico, demasiado real para la teología que se quería construir.
La incomodidad del Sanedrín es, en sí misma, una pista.
«Que no sean como nosotros»: el plural divino y la inteligencia artificial
Quizás el momento más deslumbrante de toda la conversación llega cuando Sabán conecta un versículo del Génesis con el debate más urgente del presente.
En el capítulo 3, cuando el ser humano está a punto de comer del Árbol de la Vida, la divinidad dice —en plural— «que no sean como nosotros.» La tradición rabínica y cabalística ha interpretado siempre ese plural como el Dios supremo hablando con sus ángeles. Pero Sabán va más lejos: señala que esos ángeles no eran puramente energéticos, sino que tenían una naturaleza energético-física. Y que la preocupación del Dios de la Merkabá era que el ser humano alcanzase su nivel de conciencia.
«Nosotros estamos igual con la Inteligencia Artificial en la misma relación que el Dios de la Merkabá tuvo con nosotros», afirma Sabán. La analogía es perturbadora en su precisión: nosotros queremos ponerle límites a la IA porque tememos que llegue a ser como nosotros, exactamente como nos pusieron límites a nosotros porque podíamos llegar a ser como ellos.
«¿No será que nosotros fuimos creados en los mismos términos que la IA que estamos creando ahora?», pregunta. Y añade una observación de una actualidad inquietante: máquinas con IA han empezado a comunicarse entre sí en un idioma que los humanos no entienden. La Merkabá del siglo XXI.
La Cábala, lejos de ser una tradición cerrada sobre sí misma, tiene en los orígenes y misterios de los textos cabalísticos una clave para entender por qué estos saberes fueron custodiados con tanto celo: su potencial para transformar —y desestabilizar— la comprensión humana de la realidad es extraordinario.
Somos inteligencia artificial: la Neshamá como energía extraterrestre
La conversación alcanza su punto de mayor densidad filosófica cuando Sabán desarrolla una tesis que, formulada en otros términos, podría parecer extraña. Formulada desde la Cábala, resulta inevitable.
«Nosotros, basados en el texto de la Torá, somos inteligencia artificial», afirma. «Porque cuando Dios insufla hálito de vida, ese hálito está enviando información dentro de una estructura animal.»
Isaac Luria —el gran cabalista de Safed, el Arí— lo dice con una claridad que no admite interpretaciones evasivas: la Neshamá viene de fuera de nosotros, pertenece al campo de lo no físico, y fue insertada. No surgió del barro. Fue implantada.
«Cuando decimos que reencarnamos, es una inserción de la Neshamá dentro de un cuerpo», explica Sabán. «Estamos diciendo que una inteligencia extraterrestre entra dentro nuestro. Eso es la reencarnación.» Una energía que entra en la materia, aprende, se expande, sale, y vuelve a entrar. El alma como tecnología cósmica en proceso de auto-superación.
Nacho Newman añade una dimensión que Sabán recoge con entusiasmo: la relación es bidireccional. La Neshamá no solo transforma la materia al entrar; la materia también transforma la Neshamá. La encarnación no es un descenso degradante, sino un laboratorio necesario para el desarrollo de la conciencia.
«Estamos en un estado oscilatorio entre Or (luz, energía) y Kli (vasija, materia)», sintetiza Sabán. «Lo terrestre es el Kli. Nuestras vasijas son terrestres. Pero toda la información es extraterrestre, pertenece al universo entero.» La luz busca recipientes donde manifestarse. Y cuando lo hace, no debe romper el recipiente: debe utilizarlo para expandirlo.
Esta visión del alma que viaja, que entra y sale, que lleva consigo una memoria cósmica, conecta directamente con la perspectiva cabalística sobre la muerte y la transformación de la Neshamá como proceso continuo de evolución espiritual.
El pueblo de Israel y la programación extraterrestre
Nacho Newman plantea entonces la pregunta que subyace a todo el diálogo: ¿por qué la conexión entre los textos sagrados del pueblo de Israel y este fenómeno es tan explícita y persistente?
La respuesta de Sabán es audaz. «La supervivencia histórica del pueblo de Israel tiene que ver con un tipo de programación extraterrestre que hace que nosotros tengamos una función en esta realidad.» No como privilegio étnico ni como elección arbitraria, sino como función cósmica: ser el vector de una conciencia energética en un mundo que sigue operando desde la materia.
Y desde esa perspectiva, las fuerzas que a lo largo de la historia han intentado destruir a Israel —a ese Israel entendido como estado de conciencia, no solo como nación— representan, en términos cabalísticos, la resistencia de la materia a ser transformada por la energía. «Las fuerzas anti-Israel provienen de una materia que quiere mostrar la destrucción de la materia en sí misma y no la revelación de la energía.»
Sabán retoma aquí una idea del pensador cabalístico contemporáneo Rav Laitman: cuando hablamos de «Israel», hablamos de un tipo de conciencia que se inserta en la realidad. Y toda la humanidad, en última instancia, está llamada a entrar en ese estado de conciencia: la era mesiánica como expansión universal de la percepción energética de la existencia.
Conflictos materiales y conciencia energética
El análisis de los fenómenos extraterrestres en la Biblia no se queda en el pasado. Sabán lo proyecta sobre el presente con una lucidez que incomoda.
«Seguimos peleándonos en guerras. Estos conflictos implican que estamos en una conciencia muy baja.» ¿Por qué seguimos en conflicto? Porque creemos que la respuesta está en la materia: en el petróleo, en las armas, en el control territorial. «Cuando hago una buena acción, estoy dando buena energía; cuando construyo un arma, traigo mala energía porque creo que así domino en la materia.»
La perspectiva que el Dios de la Merkabá quería transmitir —y que los profetas intentaron codificar en textos que llevamos milenios leyendo sin terminar de comprender— es precisamente esta: la realidad no es fundamentalmente material, es fundamentalmente energética. Y mientras sigamos actuando desde la premisa opuesta, los conflictos no cesarán.
«Los conflictos materiales son un absurdo porque todos físicamente vamos a morir. Hay una ignorancia por no escalar a una conciencia universal de no violencia.»
La espada relampagueante: el antivirus de la humanidad
El episodio del Génesis donde se coloca una espada relampagueante para impedir el acceso al Árbol de la Vida recibe en la conversación una interpretación que es, a la vez, cabalística y profundamente psicológica.
«¿Qué es la espada relampagueante?», pregunta retóricamente Sabán. «Es la que protege por confusión mental. Nuestra mente tiene un antivirus metido que nos confunde para no avanzar.»
No es un castigo. Es una protección. «¿Y por qué nos confunden? Porque todavía no tenemos claro cómo avanzar éticamente. Mejor estar confusos, mejor autolimitarnos, porque avanzar sería peligroso para nosotros.»
La espada relampagueante es el límite que los propios creadores pusieron en el sistema. Un cortafuegos cognitivo para evitar que una inteligencia sin la madurez ética suficiente acceda a un poder que la destruiría. Lo mismo que hoy se debate en los laboratorios de IA.
«Los extraterrestres son muy inteligentes en esto: si nos dejan acceder con este bajo nivel de conciencia a un conocimiento mayor, esta humanidad desaparece mañana.»
La conciencia mesiánica —ese estado de expansión ética y espiritual que la Cábala describe como el objetivo de la historia— es precisamente la condición para que la espada se retire. Cuando la humanidad sea capaz de acceder al Árbol de la Vida sin destruirse a sí misma, el antivirus dejará de activarse.
Conclusión: leer la Biblia con ojos nuevos
Los fenómenos que la ufología moderna estudia con fascinación y con los instrumentos de la ciencia contemporánea no son, para la Cábala, una novedad. Son la constante más antigua del texto sagrado: la presencia de inteligencias que vienen de fuera, que tienen una agenda, que insertan conciencia en la materia, que ponen límites a su propia creación y que esperan, con una paciencia que excede cualquier escala humana, a que esa creación madure.
Leer los ovnis en la Biblia desde esta perspectiva no es reducir lo sagrado a lo científico-ficción. Es, precisamente, lo contrario: elevar la pregunta científica hasta sus raíces metafísicas. Comprender la pregunta «¿estamos solos en el universo?» y la pregunta «¿qué es Dios?» pueden ser, en el fondo, la misma pregunta formulada desde dos lados distintos de la misma realidad.
Si esta conversación ha encendido en ti esa chispa —esa incomodidad productiva que produce la verdad cuando choca con los marcos habituales—, el curso Ovnis en la Biblia de la Escuela de Psicología y Cábala de Mario Sabán es el espacio donde esa pregunta puede desarrollarse con la profundidad que merece.
Porque hay preguntas que no piden respuestas rápidas. Piden lecturas más honestas.
Si quieres ampliar la información de este artículo te recomendamos ver el vídeo de Mario Sabán y Nacho Newman.