Oro y plomo del amor

ESCRITO POR MARIO SATZ [profesor de la Escuela de Cábala].

Pasados los cuarenta, gastada pero no cansada la lengua de proferir te quieros y te amos, ciertos enigmas amorosos persisten sin resolver.

Arquetipos irreductibles de la pasión, quizá.

Leyes de excepción para la caricia, el beso y sus súbitos apagones, tal vez.

Jean Giono escribió que «amar es juntarse; conocer, separarse», para corroborar una de esas leyes, pero también para señalar que Psique y Eros rehuyen la cercanía de la luz, a pesar de la curiosidad de la primera y el secreto bien guardado del segundo.

Y ya se sabe que no existe conocimiento sin escisión entre objeto y sujeto, sin distancia; así como, inversamente, desde los androconios de las mariposas al píleo enrojecido de los pájaros en celo, todo se trama y hace para el acercamiento.   

El sueño alquímico es posterior a las Metamorfosis de Ovidio. De creer a Taylor y Jung, Eliade y Evola, parece casi seguro que surgió en Alejandría al mismo tiempo que «el baño María» que contribuyó a esparcir por cocinas y fogones su técnica hermética.

Tan antiguos como la metalurgia, oro y plomo situaron sus respectivos valores en las antípodas muy pronto, irradiante y claro el primero, opaco y oscuro el segundo. No sólo porque de oro se hicieron los primeros espejos de la aristocracia egipcia y de plomo los escudos protectores, pesados y aislantes, sino- y muy especialmente- porque la carne de los dioses nilóticos era asimilada al sol y al oro en tanto que la de los demonios era negra como la pez y el abismo en el que bullía, hirviente, un océano de plomo.

El amor, entonces, fulguración divina, no podía sino revelar lo áureo de la piel hechizada por sus dones, en tanto que el desamor se vivía y experimentaba como una separatio  sombría y estéril.

Ovidio, que ya había escrito su Arte de amar, enunció en dos versos singulares ese misterio alquímico que los artífices medievales no dejaron de explorar con tesón. Refiriéndose a los dos dardos del amor, anotó:
 
                               El que lo hace es dorado y por su punta aguda refulge;
                               el que lo ahuyenta es obtuso y tiene plomo bajo la caña.
 
 
No importa que un mismo dios envíe la unión y la desunión, pero sí que los materiales escogidos por el poeta para describir la escena mítica hayan tenido, en la historia de la ciencia occidental, durante los siglos que van del XIII al XVI por lo menos, papel  tan relevante en esa literatura críptica de enorme belleza que constituyen los textos del Arte.

Hipóstasis del plomo son el cuervo, la sombra, los huesos e incluso el tiempo. Máscaras del oro las auras, los soles arbóreos y los ya mencionados espejos.

También allí la eterna pareja-rey y reina, frate y soror-se ayuntan en pos del andrógino final, que es también el de los comienzos. La tortura de los metales en el laboratorio era representada por la laceración y el sacrificio de las figuras humanas en los manuscritos, no sabiéndose a ciencia cierta dónde terminaba la filosofía natural y dónde comenzaba lo sobrenatural del amor.  

El plomo, sabemos, es venenoso. Quien se expone a sus sales puede contraer el mal denominado saturnismo, que, como su nombre indica, acarrea depresión y angustia por el paso de las horas.

El oro, en cambio, se emplea en homeopatía como aurum solubilis para curar enfermedades de la vista y del sistema nervioso.

Claro está que Ovidio no sabía esto último, aunque hubiese experimentado en carne propia los caprichos de Cupido.

Tampoco a nosotros nos es imprescindible conocer tales datos para aclararnos -después de los cuarenta- los porqués de las separaciones con sus cargas y caídas, estallidos de minutos muertos y disipación de luces; ni ese súbito alumbramiento de la atracción mutua que funde los ojos precipitándolos en el fugaz pero maravilloso destello de las pupilas. Alumbramiento dorado, helíaco, tan brillante que hace refulgir hasta los mismos defectos.

Hoy Ovidio nos parece retórico sin que hayamos sobrepasado, sin embargo, los límites metafóricos del oro y el plomo en las andanzas del  amor: los seres humanos continúan enamorándose, atrayéndose y también odiándose y separándose, pero no tienen a su disposición un lenguaje lírico que metalice sus atracciones y rechazos.

Tal vez en el «dígalo con oro» de los vendedores de joyas se arrastre, rezagado, el mismo tema, muerto Eros y los vetustos olímpicos tras siglos de manoseos e incomprensión.

Lo más seguro es que experimentar la muerte de un amor produce un pesar tan denso como el plomo, y cuyo remedio rara vez está al alcance de nuestras manos.

Enigmáticos, los alquimistas pronunciaron la conocida frase que reza: «Sólo quien ya tiene un gramo de oro puede fabricar oro», lo que, trasladado al amor supone un reconocimiento, una anagnórisis.

Quien tiene un poco de plomo, en cambio, no tiene nada de valor.

Entre los versos de Ovidio y la frase de Giono median siglos de experiencia y ninguna solución.

Ni siquiera la esperanza transmutatoria de los grandes ciclotrones o aceleradores de partículas que – en pequeñas cantidades- convierten por mutación  de número atómico el plomo en oro, alcanzará a revivir lo que el adiós de los amantes contrariados sepulta para siempre.
 
©Mario Satz

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