Miedo a la soledad: cuando la mente huye del alma

¿A qué le tenemos miedo realmente cuando decimos que tememos a la soledad? Según el Dr. Mario Sabán, no es la soledad en sí misma la que asusta, sino el espacio que ella abre, donde aparece todo aquello que no queremos ver de nosotros mismos.

Como afirma Sabán: «No es la soledad en sí misma la que causa miedo, lo que causa miedo es cuando estás solo, ¿qué vas a encontrar?». Esta distinción es la clave de todo el análisis que desarrollan Sabán y Nacho Newman en esta conversación.

Aquí veremos por qué la Cábala distingue entre soledad positiva y negativa, qué papel cumple la pareja como espejo indispensable, y por qué el verdadero conflicto no ocurre entre el alma y la soledad, sino entre el alma y una mente que procrastina el encuentro consigo misma.

¿Qué es realmente el miedo a la soledad?

El miedo a la soledad no es temor al silencio ni a estar sin compañía. Es, según Sabán, el temor a lo no rectificado, es decir, a las tinieblas internas que emergen cuando desaparece la distracción externa.

Esta idea cambia por completo el enfoque habitual del problema: no se trata de «curar» la soledad llenándola de actividad, sino de entender qué información concreta intenta emerger en ese espacio vacío.

Soledad positiva y soledad negativa: la primera distinción de la Cábala

Sabán empieza clasificando la soledad en dos categorías. La soledad positiva aparece, por ejemplo, cuando alguien necesita descansar de una presión social intensa, o cuando una persona sin pareja vive ese estado con auténtica plenitud.

La soledad negativa, en cambio, surge cuando la persona huye de ese espacio porque en él encuentra algo que le disgusta. Como explica Sabán: «Cuando alguien tiene una soledad negativa y huye de esa soledad, y por eso es negativa, está encontrando algo negativo en ese espacio donde está haciendo introspección».

Sabán advierte, además, sobre un tercer caso menos evidente: el autoengaño de la soledad positiva, cuando alguien se dice a sí mismo que está bien solo únicamente porque evita el compromiso de vincularse con otra persona.

La pareja como Kenegdo: el espejo que la introspección no logra sola

Uno de los conceptos centrales de la conversación es el Kenegdo, el término hebreo para «el adversario», que en la tradición cabalística se aplica a la pareja. Sabán lo explica con precisión: la necesidad de pareja en la Cábala responde siempre a un objetivo de autoconocimiento mayor.

Según Sabán, ni siquiera el vínculo con amigos cercanos —ni con mascotas, por profundo que sea el cariño— cumple esta función de la misma manera. La razón es simple: solo la convivencia íntima con la pareja permite ver los propios desequilibrios con una claridad que la introspección aislada no alcanza.

Esto no significa que quien no tiene pareja esté condenado a estancarse. Sabán es explícito: quienes están solos también pueden confrontar y crecer a través de un grupo de estudio o de amigos, aunque reconoce que la relación de pareja ofrece un nivel de confrontación íntima que ningún otro vínculo replica.

Huir de la soledad: cuando la vida social se vuelve refugio

Sabán señala un fenómeno tan común como poco reconocido: la socialización negativa. Se trata de llenar la agenda de actividad social no por disfrute genuino, sino como estrategia de evasión frente al propio interior.

Esta dinámica funciona como un espejo invertido de la soledad negativa: mientras que en un caso la persona huye del mundo, en el otro huye de sí misma refugiándose en el mundo. Ambos extremos, según Sabán, representan un desequilibrio entre dos dimensiones del Árbol de la Vida: Tiféret, el encuentro con uno mismo, y Yesod, la relación con el exterior.

¿Miedo a la soledad o miedo a lo que revela?

Newman introduce aquí un matiz decisivo: quizás el miedo no sea a la soledad en sí, sino a lo que la soledad desvela: el vacío, el silencio interno, o incluso una desconexión con lo divino que también puede vivirse como una forma de soledad.

Sabán confirma esta lectura y la lleva un paso más allá: rechazar completamente lo social también es un desequilibrio, tan problemático como refugiarse permanentemente en la vida social para no confrontar el propio interior.

El alma necesita todas las sefirot para hacer su Tikún

Para Sabán, ni la introspección aislada ni la vida social por sí solas bastan para el crecimiento. Como explica: «La introspección proviene del aprendizaje en mi interioridad, y la introspección es un aprendizaje también desde el exterior».

Esta idea se sostiene en un principio cabalístico fundamental: el alma necesita todas las sefirot para completar su proceso de Tikún, su rectificación personal. Ni Tiféret ni Yesod pueden asumir, en solitario, la totalidad del trabajo espiritual.

Quien quiera profundizar en esta estructura completa del Árbol de la Vida, y entender con más detalle cómo interactúan Tiféret, Yesod y el resto de las sefirot en el proceso de Tikún, puede encontrar una base sólida en el curso Descubre el Árbol de la Vida, donde se explican estos conceptos desde sus fundamentos.

De dónde viene el miedo: el espacio que abre el silencio

Sabán insiste en un punto que atraviesa toda la conversación: el miedo no es a la soledad, es al espacio que la soledad abre. En ese espacio emergen los fantasmas internos, las tinieblas no resueltas, todo aquello que la persona ha decidido no mirar.

Por eso, según Sabán, mucha gente llena compulsivamente su tiempo: no porque disfrute genuinamente de la actividad, sino como forma de asegurarse de que ese espacio nunca se abra. Como él mismo resume: «No es miedo a la soledad, es miedo a encontrar en ese espacio que la soledad crea un tipo de información que no me conviene ver».

El alma no tiene miedo, la mente sí

Este es, quizás, el punto más revelador de todo el encuentro. Sabán establece una distinción radical entre el alma y la mente utilitaria, la Biná: el alma no tiene miedo, la que tiene miedo es la mente.

Según describe Sabán, el alma insiste en manifestarse porque busca hacer su Tikún, mientras que la Biná procrastina constantemente ese encuentro por temor. Esta tensión se repite día tras día: la mente pospone la confrontación con lo que le incomoda, y el alma vuelve a insistir, una y otra vez.

Sabán lo grafica de forma muy visual: el alma golpea la puerta porque necesita revelarse, y la mente calculadora sigue posponiendo ese encuentro con un «mañana lo hablamos» que nunca llega a saldarse del todo.

Quien quiera ver cómo Sabán condensa en un formato breve esta tensión entre la Biná y el alma —una de las claves más citadas de toda su obra— puede encontrar valor en sus explicaciones sobre el Kenegdo y la Biná que procrastina, donde resume en pocos minutos una idea que aquí se desarrolla con más detenimiento.

Compañía real frente a evasión: el muñeco de peluche que crece

Newman aporta una imagen especialmente clara para entender la evasión relacional: la del objeto transicional infantil, el muñeco que acompaña a un niño con miedo a dormir solo. Su reflexión es contundente: en la vida adulta, ese muñeco puede convertirse en una persona.

Es decir, una relación de pareja puede cumplir exactamente la misma función que el peluche infantil: acompañar sin exigir verdadera confrontación. Sabán coincide en que esta dinámica constituye una de las formas más sutiles de evasión, precisamente porque parece, en la superficie, un vínculo maduro.

¿Refugio espiritual o verdadero crecimiento?

Sabán cierra la conversación con una advertencia importante dirigida a quienes viven una soledad aparentemente positiva: si esa soledad implica evitar por completo el compromiso con el otro, entonces no es crecimiento real, sino un refugio disfrazado de plenitud.

Su propuesta final no es categórica ni simplista: no se trata de imponer la pareja como obligación, sino de confrontar con otros seres humanos, ya sea en pareja, en un grupo de estudio o de amigos, como condición necesaria para que el crecimiento no se quede en un ejercicio meramente teórico.

Si este análisis del miedo a la soledad te resulta útil, puede complementarse muy bien con una mirada más amplia sobre cómo la Cábala entiende la soledad como espacio de encuentro espiritual, algo que ya exploramos en profundidad en la soledad y la Cábala, donde se aborda esta misma experiencia desde su dimensión más positiva y contemplativa.

Conclusión: del miedo a la soledad al encuentro con uno mismo

Repasar esta conversación deja una certeza incómoda pero liberadora: el miedo a la soledad no señala un defecto de carácter, sino un mapa preciso de lo que todavía falta rectificar en cada persona.

Comprender que el alma no teme, y que es la mente la que procrastina el encuentro consigo misma, cambia por completo la forma de abordar este miedo: ya no se trata de evitarlo, sino de escuchar qué insiste en revelarse en ese silencio.

Como bien resume esta charla, el verdadero desafío no es elegir entre la soledad o la compañía, sino sostener ambas dimensiones —Tiféret y Yesod— en un equilibrio que permita crecer desde el interior y desde el vínculo con los demás.

Si quieres profundizar en estos conceptos y en cómo el Árbol de la Vida sostiene todo este proceso de rectificación personal, te invitamos a seguir explorando estos conocimientos milenarios.

Y si quieres ampliar todo lo que hemos comentado aquí, puedes ver a continuación el vídeo completo en el que se basa este artículo, con la conversación íntegra entre Mario Sabán y Nacho Newman.

 

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