Hay una pregunta que muchos creyentes llevan dentro sin atreverse a formularla en voz alta: cuando rezo, ¿estoy realmente conectado con algo, o simplemente estoy cumpliendo un protocolo? La liturgia religiosa es uno de los temas más delicados y honestos que puede abordar la espiritualidad contemporánea. Mario Sabán y Nacho Newman lo hacen sin rodeos en el Kabala Podcast, desde la perspectiva cabalística que distingue entre el acto externo y la experiencia interior que lo debería sostener.
Lo que emerge de esa conversación no es una crítica a la práctica religiosa. Es una invitación a preguntarse, con honestidad, qué hay realmente detrás de los gestos sagrados.
¿Qué es la liturgia?
La palabra liturgia proviene del griego leitourgia: servicio público, acto solemne realizado en nombre de una comunidad. En el contexto religioso, designa el conjunto de ritos, oraciones y fórmulas establecidas que estructuran la práctica espiritual colectiva.
Pero Sabán amplía el concepto desde el principio. Si cada mañana desayunas lo mismo, lees el periódico, sigues la misma secuencia de gestos, eso también es una liturgia: «Una liturgia subjetiva, si se quiere». El acto repetido y mecánico tiene una estructura litúrgica, independientemente de que lleve o no el nombre de sagrado.
Esta ampliación importa porque sitúa la pregunta donde realmente vive: no en la categoría religiosa del acto, sino en la calidad de presencia con la que se realiza.
Conexión constante: cuando la vida entera se transforma en rezo
La premisa cabalística desde la que Sabán aborda este tema es radical: «Desde el punto de vista de la Cábala, como nosotros tenemos que entrar en conexión permanente con la divinidad en todo lo que estamos haciendo, podemos decir que el rezo se relativiza bastante, porque si yo durante todo el día, desde que me levanto hasta que me acuesto, estoy sintiendo una experiencia divina de conexión con la divinidad, mi vida se vuelve un rezo».
Esta afirmación no niega el valor del rezo. Lo reubica. Si la conexión con lo sagrado se extiende a cada gesto cotidiano —el estudio, la conversación, el silencio, el trabajo—, la oración pautada deja de ser el único canal y se convierte en uno entre muchos.
Para quien vive inmerso en lo material durante toda la jornada y solo encuentra un breve espacio de recogimiento en la oración, ese rezo tiene un valor enorme. Es la única dosis de conexión en un día que de otra manera transcurriría completamente alejado de la dimensión espiritual.
Pero para quien ya habita esa dimensión de forma sostenida, la liturgia mecánica puede sentirse como una interrupción, no como un ascenso.
La liturgia más allá del hábito mecánico
El problema no es la liturgia en sí. Es la liturgia automatizada: la que se realiza porque toca hacerla, sin intención, sin presencia, sin la conciencia de lo que cada palabra o gesto significa.
Sabán lo describe con una imagen precisa: «Una liturgia automatizada es como una fábrica automatizada: no hay nada artesanal». La fábrica produce, sí. Pero produce en serie, sin singularidad, sin el calor de la mano que moldea con intención.
La oración espontánea, en cambio, tiene un origen diferente: «Tiene que ver con una necesidad espiritual real». Surge de adentro, no de un horario. Es la respuesta del alma a una necesidad concreta, no el cumplimiento de una obligación externa.
Nacho Newman introduce aquí el concepto que organiza toda la reflexión: la Kavaná, la intención con la que se realiza cada acto. «No puedo evitar mencionar el concepto de kavaná, la intención con la que se realiza la liturgia». Sin kavaná, cualquier práctica, por antigua y solemne que sea, se vacía de sentido.
El riesgo del vacío ritual: rezar sin intención ni conexión
Uno de los momentos más honestos de la conversación es cuando Sabán reconoce que no puede saber desde fuera quién reza con conexión y quién no. «Yo no puedo saber quién es el que está rezando y no tiene conexión y quién es el que está rezando y tiene conexión».
Esa imposibilidad de juzgar desde el exterior es importante. Porque significa que la pregunta es siempre personal, íntima, intransferible. No se trata de evaluar la práctica del otro, sino de preguntarse honestamente sobre la propia.
Y la sospecha que Sabán formula con cuidado es esta: quien reza todos los días, tres veces al día, año tras año, en algún momento es probable que el gesto se vuelva automático. No porque sea una mala persona, sino porque eso es lo que hace la repetición sin atención: genera hábito, y el hábito genera distancia con el origen del acto.
Cómo el aprendizaje espiritual opera como conexión sagrada
Sabán describe su propia experiencia con transparencia: para alguien que dedica horas diarias al estudio de la Cábala y la Torá, ese estudio mismo funciona como rezo. «Cuando tú estás estudiando temas de Cábala 4, 5 o 6 horas, estás en un rezo como permanente, esa es la sensación».
Esta equiparación entre estudio profundo y oración no es arbitraria. En la tradición judía, y especialmente en la línea cabalística, el aprendizaje de los textos sagrados es en sí mismo un acto de devoción: un modo de sintonizar la mente con las frecuencias más altas de la realidad.
Desde este punto de vista, interrumpir un estado de estudio concentrado para realizar una oración mecánica no supone subir de nivel espiritual, sino descender de uno que ya se estaba habitando.
Esa misma dinámica está en el centro de lo que la Cábala entiende por rectificación: no el cumplimiento formal de un protocolo, sino la transformación genuina que nace de la conciencia. Lo que la tradición cabalística llama el mal en la Cábala como herramienta de transformación es precisamente esto: todo obstáculo interior —incluido el automatismo vacío— tiene una función, y esa función es señalar dónde falta trabajo real.
La liturgia como interrupción del flujo espiritual en quienes estudian
El argumento de Sabán se vuelve aquí más provocador. Y lo formula sin ánimo de ofender, sino para señalar algo que observa con perplejidad: «Cuando en una yeshivá veo que todo el mundo está estudiando, veo como contradictorio que la gente que está en la yeshivá paremos todos para rezar. ¿Por qué hay que parar para rezar si tú estás estudiando Maimónides, estás estudiando Nahmánides, estás estudiando el Talmud? Si estás en conexión en el propio estudio, a no ser que tú digas «es un acto congregacional, un acto sociológico»».
La distinción que propone es sutil pero fundamental: una cosa es la función espiritual de la liturgia y otra cosa es su función social. Ambas son legítimas. Pero confundirlas lleva a autoengaños que no sirven ni a la persona ni a su comunidad.
El rezo como símbolo comunitario más que conexión real
Sabán reconoce sin ambages que la liturgia cumple una función congregacional real y valiosa: refuerza la identidad compartida, crea lazo entre personas que comparten una tradición, genera pertenencia.
«A veces la liturgia se confunde más con un tema social, una cuestión sociológica de hacer congregación, si se quiere, que de conexión». Y añade: «Es válido el acto de la reunión comunitaria».
Lo que no es válido, desde su perspectiva, es usar la función comunitaria para enmascarar la ausencia de conexión interior. El problema no es reunirse. El problema es llamar conexión espiritual a lo que en realidad es un acto de cohesión social, porque esa confusión impide que la persona busque formas genuinas de nutrición interior.
La observancia desde el corazón, no por obligación
En uno de los momentos más reveladores de la conversación, Sabán distingue entre cumplir el Shabbat porque lo dice la ley y celebrarlo porque el corazón lo pide: «Yo el Shabbat no lo hago porque hay que cumplir el Shabbat por la ley, lo hago porque mi corazón tiene la kavaná de querer observar el Shabbat. Lo hago porque mi corazón siente esa observancia y por lo tanto mi alma vibra en esa observancia».
Esta distinción tiene consecuencias profundas. Todo lo que se hace por obligación externa deja de hacerse en el momento en que la obligación desaparece o se debilita. Todo lo que se hace desde el corazón persiste porque nace de una necesidad real del alma.
Newman lo formula así: «La liturgia no es ni más ni menos que una sistematización de la conexión, tal vez un recordatorio para aquellos que no experimentan su relación con el creador». Una sistematización, no un sustituto. Un recordatorio, no la experiencia misma.
Abraham y la conexión anterior a la ley
Sabán trae aquí un argumento histórico-filosófico que sacude los cimientos de la observancia religiosa convencional. Abraham, el patriarca fundador de las tres tradiciones monoteístas, no tenía liturgia. No tenía Torá. No tenía ley.
Y sin embargo tenía lo que la Cábala considera lo más esencial: emuná, una fe viva que lo conectaba directamente con la divinidad, sin intermediarios, sin fórmulas, sin protocolos.
«Como Abraham no tenía ninguna religión y su religare era a través del corazón, a través de su alma directamente, porque no había ley que le impusiera, sino que era por su propia emuná que tenía contacto con la divinidad…».
La ironía que señala Sabán es histórica y un poco cómica: las tres religiones que se reclaman herederas de Abraham han intentado retroactivamente atribuirle el cumplimiento de sus propias leyes. Pero Abraham no era judío, ni cristiano, ni musulmán. Era simplemente un alma en contacto directo con lo sagrado.
Ese modelo —la conexión anterior a cualquier institución— es el que la Cábala propone recuperar.
El peligro del autoengaño
Una de las advertencias más directas de la conversación apunta a algo que ocurre con frecuencia: la persona que cumple escrupulosamente los actos litúrgicos, pero que en su vida cotidiana no trabaja su Tikún personal.
«Claro, yo tengo la liturgia mecánica y después robo al viento y cumplo cualquier cosa». Y más adelante: «Mucha atención y mucho cuidado con cumplir con la liturgia y luego ser una persona falta de empatía».
El acto externo no rectifica el interior. Solo puede hacerlo si va acompañado de una transformación real del alma. La liturgia sin Tikún es, en palabras de Sabán, «una pantalla, un disfraz de un alma que no rectifica».
Este es el autoengaño más peligroso: creer que el cumplimiento formal produce el efecto espiritual, cuando en realidad solo lo puede hacer la intención genuina y el trabajo interior que la sostiene.
Ética vs. liturgia: no todos los actos son iguales
Newman introduce aquí una distinción que la conversación necesitaba: los actos éticos y los actos litúrgicos no son la misma categoría. San Justino ya la estableció en el siglo II: hay una diferencia entre el amor al prójimo y ponerse las filacterias.
Sabán lo recoge: «En el mundo judío y en todas las religiones se confunden las mitzvot con todo junto, es decir, el amor al prójimo con ponerse las filacterias. Y tú puedes odiar al prójimo y ponértelas, o amar al prójimo y no ponértelas».
La consecuencia es clara: hay personas que cumplen todos los preceptos litúrgicos, pero descuidan los éticos, y hay personas que no observan ningún rito pero tratan a los demás con una bondad genuina que refleja un Tikún real.
Esto no es relativismo moral. Es una jerarquía que la Cábala reconoce: el trabajo interior y la conducta ética son el núcleo; los actos litúrgicos son la envoltura que debería reflejar ese núcleo, no reemplazarlo.
La liturgia como vehículo de conexión o idolatría espiritual
El punto más agudo de toda la conversación llega cuando Sabán plantea que la liturgia religiosa mal entendida puede convertirse en una forma moderna de idolatría.
Los idólatras del mundo antiguo creían que sus estatuas de piedra los salvarían. No tanto por lo que representaban, sino por el objeto mismo, por el acto de poseerlo y venerarlo. La magia residía en el exterior.
«Si tú no estás haciendo el trabajo de Tikún personal y tú estás cumpliendo solo un acto exterior, ese acto exterior no está rectificándote. Este acto exterior es una pantalla».
Y Newman lo sintetiza con precisión: «Los dogmatismos y los fanatismos son idolatrar una forma de pensamiento». Sabán asiente: sí, exactamente eso. La liturgia que se convierte en fin en sí misma, que se practica como garantía mágica de salvación o rectificación, es una nueva forma de idolatría, aunque lleve el nombre de las tradiciones monoteístas.
La salida no es abandonar la liturgia. Es devolverle su función original: ser un espejo del trabajo interior, una expresión de la Cabaná que ya vive en el alma, no una sustitución de ese trabajo.
Conclusión: ¿para qué sirve realmente la liturgia?
La liturgia religiosa tiene un lugar legítimo en la vida espiritual. Estructura el tiempo, crea comunidad, ofrece un lenguaje compartido para la experiencia sagrada. Para quien vive inmerso en la materialidad y necesita pausas de conexión, puede ser una tabla de salvación.
Pero cuando se automatiza, cuando se vacía de intención, cuando se usa como sustituto del trabajo interior en lugar de como expresión de él, pierde su poder transformador y puede incluso convertirse en un obstáculo: la ilusión de que ya se está haciendo algo cuando en realidad se está evitando lo esencial.
La propuesta cabalística es exigente y liberadora al mismo tiempo: conecta desde el corazón, con Cabaná, con presencia. Si el estudio te eleva, estudia. Si el Shabbat te conecta, celébralo con plenitud. Si la oración espontánea nace de una necesidad real, déjala fluir. Pero no confundas el mapa con el territorio.
Para comprender en profundidad el lenguaje cabalístico que da sentido a todo lo que aquí se ha explorado —el Tikún, la Shejiná, la Cabaná, la conexión con el Ein Sof—, el curso Cábala desde cero: Introducción a la mística hebrea es el punto de partida natural para quienes quieren entender por qué la Cábala dice lo que dice, y no solo repetirlo.
Porque la espiritualidad auténtica, como la liturgia auténtica, solo funciona cuando hay alguien realmente presente detrás del gesto.
Si quieres escuchar esta conversación directamente de la voz de Mario Sabán y Nacho Newman, con todos sus matices y su honestidad característica, te dejamos a continuación el episodio completo del Kabala Podcast en el que está basado este artículo.