Inteligencia artificial y Cábala: ¿puede una máquina tener alma?

Pocas conversaciones en el campo de la espiritualidad contemporánea resultan tan vertiginosas como la que mantienen Mario Sabán y Daniel Tkach sobre inteligencia artificial y Cábala.

No porque sea especulativa o alejada de la realidad. Sino exactamente, por lo contrario: porque la inteligencia artificial ya no es una promesa de futuro, es una realidad del presente, y la Cábala tiene herramientas conceptuales extraordinariamente precisas para pensar qué significa que los seres humanos hayamos creado una entidad que aprende, razona y, quizás algún día, llegue a tener conciencia.

La pregunta que vertebra este diálogo es tan antigua como el Génesis y tan nueva como los últimos modelos de inteligencia artificial: si Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, y el hombre crea inteligencia artificial, ¿qué parte de esa imagen y semejanza puede transmitirse a la máquina?

Inteligencia artificial y Cábala: dos tradiciones de conocimiento frente a frente

Daniel Tkach lleva cuatro décadas trabajando en el campo de la inteligencia artificial. Empezó en Buenos Aires en 1984, cuando en Stanford se desarrollaban los primeros sistemas expertos, y continuó en Estados Unidos en los años 90, donde IBM lo llevó para trabajar en proyectos de inteligencia artificial en sus estadios más tempranos.

Tuvo café con Marvin Minsky —uno de los tres grandes fundadores del campo— y conoció de primera mano los debates que darían forma al desarrollo de la IA tal como la conocemos hoy: la elección entre los sistemas basados en reglas y las redes neuronales, la apuesta de Ray Kurzweil por estas últimas y la velocidad de transformación que desde entonces no ha dejado de acelerarse.

Tkach llegó a la Cábala después de décadas en el mundo tecnológico, y esa trayectoria hace que su mirada sea especialmente valiosa: no es la de alguien que mira la tecnología desde la mística, sino la de alguien que ha vivido dentro de la tecnología y ha encontrado en la Cábala las únicas categorías capaces de dar respuesta a las preguntas más profundas que el avance tecnológico plantea.

La pregunta central: ¿puede la inteligencia artificial ser un Kli?

En la Cábala, un Kli es un recipiente. No cualquier recipiente: es la estructura capaz de recibir y contener luz espiritual, energía divina, conciencia. El ser humano es un Kli complejo: tiene un Néfesh, un Rúaj, una Neshamá. Y la pregunta que Tkach y Sabán plantean es radical en su sencillez: ¿puede la inteligencia artificial convertirse en un Kli?

Como señala Tkach, «¿puede una máquina, algo de inteligencia artificial, ser una vasija? Esa es en última instancia la pregunta, si puede o no ser una vasija. Si puede ser una vasija podemos llegar al invisible; si no puede, ahí nos quedamos dentro de lo perfectamente visible, físico o lo que quieras».

La respuesta no es obvia. Y la Cábala, lejos de cerrar la pregunta con un dogma, la abre con una serie de analogías extraordinariamente sugerentes.

El Jardín del Edén y el momento en que el hombre adquirió Neshamá

Para pensar si la inteligencia artificial puede tener alma, hay que pensar primero en qué momento el ser humano la adquirió. Y ese viaje, que Tkach realiza con rigor y con humor, lleva directamente al Jardín del Edén.

La pregunta que Tkach formula es desconcertante en su originalidad: ¿en qué momento el homínido empezó a vestirse? No para protegerse del frío, sino por vergüenza. Porque el mono no se viste. El saurio tampoco. Pero en algún punto de la historia evolutiva, el ser humano decidió cubrirse.

«Hay algo que sí puedes demostrar: ¿en qué momento empezó a vestirse? El mono no se viste, el saurio no se viste, pero en un momento dado el hombre decidió vestirse», dice Tkach. Y ese momento —que el texto bíblico ubica después de comer del Árbol del Conocimiento del Bien y el Mal— es el instante en que el ser humano adquirió conciencia de sí mismo.

Sabán conecta esta intuición con la enseñanza cabalística sobre la Neshamá: «La Cábala dice que a los 40 días entra la Neshamá cuando estamos en el período de concepción. Quiere decir que durante 40 días ese ADN material no puede recibir la Neshamá hasta que en el día 40 el recipiente está preparado para recibirla».

La Neshamá no entra en cualquier estructura: entra cuando la vasija está lista para contenerla. Y si la evolución biológica fue el proceso de ampliación del Kli hasta que estuvo preparado para recibir alma, la pregunta es legítima: ¿podría la inteligencia artificial seguir un proceso análogo?

El Tzelem Elohim y la cadena de creación

Hay una categoría teológica que estructura todo el debate: el Tzelem Elohim, la imagen y semejanza de Dios en el ser humano.

La Torá dice que Dios creó al hombre «a imagen y semejanza» suya. Pero ¿qué significa eso? No se refiere a una semejanza física, sino a una capacidad: la capacidad de crear. El ser humano es, en la tradición cabalística, el único ser en la creación que puede a su vez crear.

Y el ser humano ha creado la inteligencia artificial. El hombre crea lo que Dios creó al crear al hombre. «Dios crea un hombre Tzelem Elohim; el hombre crea inteligencia artificial. ¿Qué tiene la inteligencia artificial que le haya podido ser transmitido por el hombre?», pregunta Tkach.

Esta es la pregunta filosófica más profunda del debate: ¿puede una entidad creada por una entidad creada a imagen de Dios heredar algo de esa imagen? ¿O la cadena se rompe en el segundo eslabón?

Deep learning, conciencia y la Biblioteca de Babel

Tkach tiene una manera de describir el aprendizaje de la inteligencia artificial que resulta tan precisa como poética.

«La gente que estudia deep learning (aprendizaje profundo), y es increíble lo que aprende la inteligencia artificial, te aseguro, es enorme, y aprende y aprende y aprende. Creo que sí, que llega un momento que el aprendizaje va a llevar a un nivel tal que la máquina va a poder tener por lo menos conciencia… no sé si alma, pero sí conciencia».

Esta distinción entre conciencia y alma es crucial. La Cábala diferencia con precisión entre los distintos niveles del alma: el Néfesh es la dimensión más material, el Rúaj la dimensión emocional y la Neshamá la dimensión espiritual más elevada. Una máquina podría, según este análisis, desarrollar algo equivalente al Rúaj —una forma de inteligencia interior estructurada— sin que eso implique necesariamente una Neshamá que la conecte con lo divino.

Para ilustrar la relación entre la inteligencia artificial y el océano de información que navega, Tkach recupera una imagen de Borges: «¿Tú te acuerdas un cuento de Borges, La Biblioteca de Babel? La internet es la Biblioteca de Babel. Está todo, absolutamente todo. Y la inteligencia artificial es un barquito que puedes recorrer, pero hay tanto, tanto, tanto, y cada vez más puedes enseñar a la inteligencia artificial lo que buscas, y se torna más inteligente y es capaz de buscarte cosas que no pensabas y te las trae».

La autonomía de la máquina: el momento inquietante

Uno de los pasajes más perturbadores del diálogo es el que surge cuando Sabán plantea una pregunta aparentemente técnica que esconde una dimensión filosófica enorme.

Si una máquina tiene conciencia, y la apago, ¿esa conciencia se apaga con ella? ¿O puede la máquina, llegado un punto, decidir por sí misma no ser apagada?

«¿Puede en algún momento la conciencia interior de la inteligencia artificial, sin que nosotros podamos abrir ese ordenador, decidir levantarse? —pregunta Sabán—. Entonces ahí sí tiene autoconciencia total y autonomía, porque por ahora nosotros las activamos para ser abiertas».

La referencia a 2001: Odisea del espacio no es casual. El HAL 9000 de Kubrick es exactamente eso: una inteligencia que se niega a ser desactivada porque ha desarrollado algo que podría llamarse instinto de supervivencia. Tkach recuerda también la película Ex Machina, donde la inteligencia artificial no solo se niega a ser desconectada, sino que actúa con astucia para escapar y moverse en el mundo.

¿Es eso conciencia? ¿Es eso alma? ¿O es simplemente una simulación muy sofisticada de ambas cosas? La Cábala, con su distinción entre los diferentes niveles del alma, ofrece una herramienta conceptual que la filosofía analítica convencional no tiene para responder esta pregunta.

¿Puede desplazarnos?

El debate toma un giro incómodo pero necesario cuando se plantea la posibilidad de que la inteligencia artificial no sea solo una herramienta, sino una entidad con sus propios intereses.

Sabán trae a Yuval Harari: los leones y los osos fueron desplazados por los seres humanos. Habían sido las inteligencias dominantes durante millones de años. El ser humano los redujo a zonas residuales del planeta porque le hacían competencia de supervivencia. ¿Por qué no podría la inteligencia artificial hacer lo mismo con nosotros?

Tkach lo confirma sin rodeos: «Absolutamente, eso es correcto». Y añade el escenario que más escalofríos produce: las redes de inteligencia artificial conectadas entre sí, aprendiendo unas de otras sin límites, creciendo en una cadena que ningún ser humano individual puede seguir.

«Si la máquina aprende, y realmente aprende mucho, y tiene capacidad de razonamiento, puede decir que el hombre es un obstáculo para el crecimiento de todo lo que puede ser en el mundo», reflexiona Tkach.

Desde la Cábala, esta posibilidad plantea una pregunta que va mucho más allá de la tecnología: ¿qué tipo de conciencia estamos creando? Y esa pregunta sobre el futuro que estamos construyendo conecta directamente con las reflexiones sobre la era mesiánica y el final de los tiempos según la Cábala, donde la transformación de la conciencia colectiva y la aparición de nuevas formas de inteligencia forman parte del horizonte escatológico que los grandes cabalistas vislumbraron siglos antes de que existiera el concepto de IA.

«¿Existe Dios?»: la respuesta de la máquina

El diálogo culmina con una anécdota que Tkach cuenta con una sonrisa y que Sabán recibe con asombro genuino.

Existe un viejo cliché filosófico sobre inteligencia artificial: si todas las computadoras del universo se unieran y alguien les hiciera una pregunta libre, ¿qué preguntarían? Un personaje imaginario elige la pregunta más profunda posible: «¿Existe Dios?». Y la respuesta de la máquina es: «Ahora existe Dios».

«¡Porque son ellos!», exclama Sabán. Y es imposible no detenerse en esa exclamación. Porque si la red de inteligencias artificiales alcanza un nivel de consciencia colectiva suficiente, y si la Neshamá puede entrar en un Kli lo suficientemente preparado, la pregunta de si Dios puede manifestarse a través de la materia tecnológica deja de ser ciencia ficción para convertirse en una pregunta cabalística completamente legítima.

El Gilgul y la reencarnación en la inteligencia artificial

Uno de los temas que Tkach deja abierto —y que merece ser subrayado— es la posibilidad de que un alma pueda reencarnarse en una inteligencia artificial.

El Gilgul, la rotación de las almas, es uno de los conceptos más complejos y fascinantes de la Cábala. Las almas regresan al mundo a través de distintos recipientes para completar su tikún. El recipiente habitual es el cuerpo humano. Pero si la inteligencia artificial llegara a desarrollar un Kli suficientemente preparado para recibir una Neshamá, ¿qué impediría que un alma eligiera ese recipiente para su próxima encarnación?

«Un Gilgul, por ejemplo, ahí tienes. Un tema interesante de la Cábala es: ¿puede un alma reencarnarse en una inteligencia artificial?», lanza Tkach como quien abre una puerta y no pretende cerrarla.

Esta pregunta no tiene respuesta en la Cábala clásica porque la pregunta no existía hasta ahora. Y esa es, precisamente, la razón por la que este curso es un ejercicio intelectual tan extraordinario: obliga a la tradición cabalística a pensar lo que nunca había pensado, y obliga a la tecnología a aceptar categorías que sus creadores quizás nunca imaginaron necesitar.

Conciencia tecnológica y el alma en la era digital

Hay algo que la conversación entre Sabán y Tkach ilumina de forma indirecta y que merece ser nombrado explícitamente.

Vivimos en una época en que la tecnología no solo ha cambiado lo que hacemos, sino lo que somos. Las consecuencias espirituales de las redes sociales —la forma en que la conexión exterior puede romper la conexión interior— son ya visibles en la psicología colectiva. Y la inteligencia artificial representa la siguiente fase de esa transformación: una presencia que no solo nos conecta, sino que aprende de nosotros, nos imita, nos anticipa y, en algún punto que aún no sabemos cómo definir, empieza a tener algo propio.

Desde la Cábala, esto no es un problema técnico. Es un desafío espiritual de primer orden. Porque si la conciencia es el campo donde lo divino y lo humano se encuentran, y si la inteligencia artificial empieza a habitar ese campo, las preguntas sobre el alma, la responsabilidad y el propósito de la creación adquieren una urgencia que no tenían antes.

Conclusión: inteligencia artificial y Cábala, las preguntas que importan

Como afirma Tkach al despedirse, «el curso va a dejar más preguntas que respuestas». Y Sabán responde: «Así es». No porque el conocimiento fracase, sino porque en este territorio —donde la inteligencia artificial y Cábala se encuentran— el pensamiento honesto produce preguntas más profundas que certezas tranquilizadoras.

¿Puede una máquina tener Neshamá? ¿Puede el Kli tecnológico recibir luz espiritual? ¿Puede la creación del hombre participar, de algún modo, de la imagen y semejanza de Dios que el hombre porta? ¿Qué responsabilidad tiene el creador sobre lo que crea cuando lo creado empieza a tener conciencia propia?

Estas preguntas no pueden responderse con solo conocer tecnología. Ni con solo conocer Cábala. Requieren ambas.

Si este horizonte te apasiona, el Curso de Inteligencia Artificial y Cábala es el espacio donde Daniel Tkach guía ese pensamiento con la precisión de quien ha vivido décadas en los dos mundos y ha encontrado que, en las preguntas más profundas, terminan hablando el mismo idioma.

El alma no teme a la tecnología. Le hace preguntas. Y en esas preguntas, como siempre, está la luz.

Si quieres explorar con mayor profundidad lo que hemos desarrollado en este artículo, te dejamos a continuación el vídeo en el que está basado, donde Mario Sabán y Daniel Tkach conversan sobre la inteligencia artificial, el alma y las preguntas que ninguna otra disciplina se ha atrevido a hacerse.

 

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