Según el Dr. Mario Sabán idealizar es el proceso por el cual una persona deja de ver los defectos de otro ser humano y empieza a percibirlo como alguien situado en un plano de superioridad absoluta.
Como explica el propio Sabán: «Cuando tú estás admirando no pierdes la idea de que el admirado es un ser humano con defectos. En la idealización todo lo que hace este ser humano está bien».
En esta conversación con Nacho Newman, Sabán desarrolla por qué la idealización —ya sea de una pareja, un futbolista, un gurú o un líder político— constituye, desde la Cábala, una forma encubierta de idolatría con consecuencias psicológicas y sociales muy concretas.
¿Qué es la idealización?
La idealización consiste en anular por completo la imagen real de otra persona, sustituyéndola por una versión perfecta que no admite fisuras. A diferencia de la admiración, que reconoce virtudes sin negar defectos, la idealización necesita creer que el otro no falla nunca.
Sabán lo ilustra con un ejemplo personal: admira profundamente a Isaac Luria o a Maimónides, pero nunca ha necesitado convertir a nadie en un gurú. Esta distinción —admirar sin idealizar— es, según él, el punto de partida de todo el análisis.
¿Por qué es peligrosa la idealización?
La idealización es peligrosa porque deposita en otra persona una necesidad propia que solo puede resolverse desde dentro. Sabán es contundente: quien idealiza, en el fondo, actúa desde un profundo egoísmo, porque convierte al idealizado en un objeto al servicio de su propia carencia.
Esta dinámica no queda en lo individual. Según explica Sabán, toda idealización lleva, en su extremo, al totalitarismo, porque el idealizado termina asumiendo un poder que no le corresponde y que, con frecuencia, ni siquiera busca.
Admirar reconoce defectos; idealizar los niega
Sabán insiste en que la línea divisoria entre ambos procesos es clara. Admirar a un músico, a un pensador o a un deportista no implica creer que esa persona vive una existencia perfecta. Idealizar, en cambio, exige precisamente esa perfección imaginada.
Newman añade aquí un matiz cabalístico relevante: el concepto de Kavod, el respeto, es radicalmente distinto al de idealización. Incluso la figura del Tzadik, el justo en la tradición judía, sigue siendo plenamente humana y falible.
La Biblia como proceso de desidealización constante
Uno de los argumentos más sólidos que aporta Sabán es de naturaleza textual. Ningún personaje bíblico es idealizado: ni el rey David, ni el rey Salomón, ni siquiera Moisés, que rompe las tablas de la ley en un arrebato de furia.
Como resume Sabán: «Toda la historia bíblica… lo que encuentras es un proceso de desidealización de todos, lo cual es una buena enseñanza general». Resulta revelador que, según señala, fue el cristianismo quien idealizó a una figura judía —Jesús— precisamente al divinizarlo.
¿Qué necesidad interna lleva a idealizar?
Sabán responde a esta pregunta sin rodeos: quien necesita idealizar padece, en el fondo, una baja autoestima. El idealizado le proporciona una sensación de protección y superioridad que la propia persona no logra encontrar en sí misma.
Pero el desequilibrio no es unidireccional. Sabán advierte que el sujeto idealizado también corre un riesgo real: si llega a creerse esa proyección de infalibilidad, se convierte en otra forma de persona desequilibrada, alimentando una relación bidireccional entre idólatra e ídolo.
Este mismo mecanismo —idealizar a un maestro espiritual hasta convertirlo en gurú— es precisamente el que Sabán analiza con detalle en otra conversación centrada en cómo evitar la autocomplacencia espiritual en el camino de la Cábala, donde desarrolla el concepto de «doble idolatría» y explica por qué incluso un maestro que intenta desinflar su propia imagen puede terminar siendo idealizado por su humildad.
Idealización y totalitarismo: el culto al líder
Sabán conecta directamente la idealización con los regímenes totalitarios: el culto a la personalidad de Hitler, de Stalin, o el culto casi religioso al líder norcoreano actual. En todos los casos, según explica, la idealización del líder es la condición previa del totalitarismo.
El mecanismo, señala Sabán, es siempre el mismo: la construcción constante de monumentos, la exaltación permanente, la conversión del líder en «padre de la patria». Como advierte: «Un sistema totalitario se basa en su génesis en el problema de la autoestima de quienes votan o quienes favorecen este tipo de sistema».
Todos los ídolos son de barro
Sabán recuerda un principio cabalístico central: todos los seres humanos tienen desequilibrios, sin excepción. Por eso, llamar «ídolo» o «dios» a cualquier persona es, según sus palabras, una locura que ignora esta condición compartida.
Este principio se aplica también a figuras religiosas: la infalibilidad del Papa en la teología católica, o la infalibilidad de ciertos rabinos en sectores de la ortodoxia judía, son, para Sabán, expresiones del mismo mecanismo idealizador que opera en la política o el deporte.
De la idealización al odio y la devaluación
Uno de los aportes más agudos de Sabán es señalar qué ocurre cuando la idealización se derrumba. Cuando la imagen perfecta se rompe, la persona no vuelve simplemente a una visión equilibrada, sino que a menudo pasa al extremo opuesto: el odio.
Como explica Sabán: «Una persona idealizada puede ser odiada por este mismo sujeto que provoca la idealización». Este proceso, conocido en psicología como idealización y devaluación, resulta tan peligroso en su caída como lo era la propia idealización en su origen.
El líder como «padre protector» imaginario
Sabán introduce aquí una imagen especialmente reveladora: el idealizado funciona, muchas veces, como un padre protector imaginario que la persona no tuvo en su realidad concreta. Los sistemas totalitarios explotan precisamente esta necesidad, presentando al dictador como «padre de la patria».
Newman conecta esta dinámica con el concepto psicológico del objeto transicional infantil, aquel muñeco que acompaña a un niño para no sentirse solo. Sabán matiza que la idealización añade un componente más peligroso: no es solo compañía, sino una entrega de poder real basada en la propia baja autoestima.
Reyes, sangre azul y nuevas élites idealizadas
Sabán recuerda que, durante siglos, se atribuyó a reyes y nobles una supuesta «sangre azul» de origen casi divino. Hoy, según señala con ironía, esa misma función la cumplen ciertos tecnócratas o multimillonarios convertidos en nuevas figuras idealizadas.
La solución, insiste Sabán, no es negar el mérito o el talento de estas personas, sino entenderlas como seres humanos con defectos, exactamente igual que a cualquier otra persona, por poderosa o admirada que resulte.
Más conciencia, menos idolatría
Sabán establece aquí una relación inversamente proporcional muy clara: cuanto más alto es el nivel de conciencia de una persona, menor es su necesidad de idealizar. Quien alcanza un nivel de conciencia elevado puede seguir admirando, pero deja de idolatrar.
Esta idea se conecta con un principio estructural de la Cábala: no existen jerarquías de cercanía con la matriz divina. Como resume Sabán: «Todos tenemos el mismo nivel en relación con la matriz», más allá del trabajo interior particular de cada persona.
El poder exterior como compensación de la baja autoestima
Sabán cierra la conversación con una reflexión que merece mención breve, aunque la desarrolla con mucho más detalle en otro análisis centrado específicamente en el autodominio y el verdadero poder interior: cuando alguien necesita desesperadamente poder exterior, está compensando, casi siempre, una herida de autoestima muy profunda.
Como resume Sabán: «El poder tiene solo sentido para aquel que compensa su baja autoestima». Quien posee un verdadero poder interior, según explica, no necesita ningún reconocimiento externo para sostener su propio valor.
Quien quiera profundizar en los fundamentos cabalísticos que sostienen esta reflexión sobre la idealización, la idolatría y la autoestima puede encontrar una base sólida en el curso Cábala desde cero: Introducción a la mística hebrea, pensado para quienes se acercan por primera vez a estos conceptos.
Conclusión: de la idealización a la admiración consciente
Esta conversación deja una idea central: la idealización no es un homenaje inofensivo, sino un mecanismo que revela una carencia interior tanto en quien idealiza como, con frecuencia, en quien es idealizado.
Sustituir la idealización por la admiración consciente —esa que reconoce virtudes sin negar defectos— es, según la Cábala, un signo directo de mayor nivel de conciencia y de una autoestima más equilibrada.
Como bien resume esta charla, cuanto más se fortalece el poder interior de una persona, menos necesita depositar su valor en ídolos externos, sean estos líderes, parejas, maestros o figuras públicas.
Si quieres seguir profundizando en cómo la Cábala entiende la autoestima, la idolatría y el proceso de rectificación personal, te invitamos a explorar estos conocimientos con más detalle.
Y si quieres ampliar todo lo que hemos comentado aquí, puedes ver a continuación el vídeo completo en el que se basa este artículo, con la conversación íntegra entre Mario Sabán y Nacho Newman.