Hay experiencias que solo se comprenden viviéndolas. El silencio es una de ellas. No el silencio como ausencia de ruido, sino el silencio como presencia de algo que el sonido no puede contener. Mario Sabán y Nacho Newman abren el Kabala Podcast con un minuto entero de quietud. Un minuto que, como enseguida reconocerán, se percibe de una manera radicalmente distinta al minuto hablado. Esa experiencia breve lo dice todo: el silencio tiene una textura, una densidad, una función espiritual que la Cábala ha comprendido desde hace siglos.
Este artículo explora esa comprensión en toda su profundidad.
¿Qué es el silencio?
Antes de entrar en el territorio cabalístico, conviene despejar lo que el silencio no es. No es la ausencia de pensamiento. No es la vaciedad. No es la nada.
El silencio, en su dimensión más genuina, es el campo de posibilidad que precede a toda manifestación. Es el espacio que hace que el sonido sea posible, que la palabra tenga sentido, que la música exista. Sin silencio no hay música: solo habría ruido.
Desde la Cábala, el silencio es el Kli —la vasija— que permite que algo entre. Un recipiente que, en la medida en que está vacío de interferencias, puede llenarse de información que viene de más allá de lo ordinario.
El juego inicial: «el primero que habla pierde»
Nacho Newman abre el episodio con una propuesta que parece un juego de niños, pero revela algo profundo: el primero que habla pierde. Y los dos callan durante casi un minuto y medio.
Lo que sucede en ese minuto es instructivo. Como comenta Sabán al romper el silencio: el minuto hablado va tomando velocidad, pero el minuto en quietud va frenando esa velocidad. Hay una dilatación del tiempo, una apertura de la percepción que la conversación ordinaria no produce.
Dos personas que se expresan por oficio, que dialogan como acto vocacional, eligiendo callarse. No porque no tengan nada que decir, sino precisamente para explorar qué aparece cuando no se dice nada.
El tiempo del silencio se percibe distinto al del habla
Este primer hallazgo es más importante de lo que parece. La percepción del tiempo cambia cualitativamente según el estado interior.
En el habla, el tiempo fluye hacia delante: hay un punto de partida, un desarrollo, una conclusión. En la quietud, el tiempo se abre en otro sentido: no lineal, sino centrípeto. El foco se desplaza hacia adentro.
Como bien señala Sabán, Luria —Isaac Luria, el gran cabalista del siglo XVI— hablaba del silencio hablante: el tipo de quietud fértil que no es evasión ni vacío, sino la condición para que aparezca la voz divina. No el silencio como ausencia, sino como escucha activa de lo que viene de más arriba.
Esa distinción entre el silencio-evasión y el silencio-revelación es clave para todo lo que sigue.
«El silencio dice lo que el sonido no puede decir»
Nacho Newman, mientras Sabán habla, escribe esta frase. Y tiene todo el peso de una intuición verdadera.
El silencio comunica. No de forma articulada, sino por resonancia. Como señala el postulado de Watzlawick que Newman trae a colación: no existe la no comunicación. Todo comunica, incluida la ausencia de palabras.
El silencio entre dos personas puede ser incómodo o profundo, cargado de tensión o lleno de comprensión. Puede comunicar rechazo o intimidad, distancia o presencia total. Lo que dice depende de lo que hay en él, no de lo que falta.
En las relaciones humanas, el silencio del otro activa con frecuencia la fantasía: ¿qué está callando?, ¿qué no me dice?, ¿qué significa que no responda? Esta dimensión del silencio como instigador del misterio es real, y también puede ser, como veremos, una herramienta del ego desequilibrado.
Bach y los silencios que hacen posible la música
Sabán trae aquí una referencia que ilumina el concepto desde otro ángulo. Bach —o la tradición que le rodea— sostenía que lo más importante para un compositor no eran las notas, sino los silencios entre las notas.
Porque las notas solas son solo frecuencias. Es la organización de los silencios entre ellas lo que crea la frase musical, el sentido, la emoción.
Newman va incluso más lejos con una observación técnica reveladora: entre nota y nota, aunque parezcan consecutivas, existe siempre un microsilencio. Si se eliminara, el resultado no sería música más densa, sino un glissando, un ruido continuo sin forma.
«Lo mismo pasa con las palabras», añade. Sin los breves silencios que separan cada sílaba, el habla se volvería ininteligible. El silencio no interrumpe el sonido: lo estructura, lo hace posible, le da forma.
La Torá original y los silencios que cambiarán en la era mesiánica
Aquí la conversación entra en un territorio que solo la Cábala frecuenta con esta profundidad.
Sabán recuerda que el texto más antiguo de la Torá no tenía separación entre palabras. Era un flujo continuo de letras sin cortes, sin silencios intermedios. Las palabras que hoy leemos —y el sentido que les atribuimos— son producto de una organización específica de esos silencios de intermediación.
Los cabalistas lo interpretaron así: los silencios actuales pertenecen a nuestra época. En la era mesiánica, esos silencios cambiarán. Y con ellos cambiarán las palabras. Y con las palabras, el sentido.
Lo que hoy leemos en el texto sagrado no sería, entonces, el sentido definitivo. Habría un sentido oculto, latente en la misma materia de las letras, que solo se revelará cuando la distribución de los silencios se reorganice en un nivel de conciencia superior.
Es una idea que hace vértigo. El silencio no solo estructura el sonido: estructura el significado. Cambiar los silencios es cambiar la realidad.
El vacío del silencio: miedo o revelación del secreto
El silencio, cuando se sostiene, produce vacío. Y el vacío genera dos reacciones posibles: terror o apertura.
Para quienes el silencio interior resulta insoportable, el vacío se convierte en amenaza. Algo emerge sin nombre cuando desaparece el ruido, y muchas personas huyen de eso llenando cada pausa con estímulos, pantallas, conversaciones que no tienen nada que decirse.
Pero como señala Sabán: «El vacío a veces se vuelve aterrador o a veces se vuelve una esperanza de manifestación del secreto». Porque en ese vacío, si uno se queda y no huye, puede aparecer algo. Se abre el Kli para que algo pueda ingresar.
La quietud no es pasividad. Es receptividad activa. El recipiente que se vacía de interferencias para poder recibir lo que viene de más arriba. La diferencia entre el miedo al vacío y la apertura al vacío es, en el fondo, la diferencia entre un ego que necesita control y un alma que puede soltar.
Cuando el ruido exterior se calla y aparece también el ruido interior —los bucles de la mente, las preocupaciones en bucle— es útil recordar que la Cábala entiende la quietud no como vaciamiento de la mente sino como romper patrones y rectificación del alma: silenciar el ruido que bloquea para que entre otra calidad de información.
El silencio como llave para entrar en Tiféret
El Árbol de la Vida organiza la realidad en sefirot: dimensiones o cualidades de la energía divina que se manifiestan en distintos niveles. Maljut es el mundo de lo material, lo inmediato, lo instintivo. Yesod es el mundo de las relaciones y los vínculos. Tiféret es el centro del Árbol: la sefirá del equilibrio, la belleza, el corazón.
Newman lo formula con claridad: «Para entrar en Tiféret si no tienes silencio, es muy difícil, y para eso necesitas dejar los niveles inferiores que hacen mucho ruido. Maljut hace mucho ruido: lo que tengo, lo que necesito, lo que quiero, los deseos inmediatos».
Subir desde Maljut hasta Tiféret requiere silenciar ese ruido. No reprimirlo —la Cábala no trabaja con represión—, sino ponerle Guevurá, límite, para que la energía pueda ascender hacia niveles más altos de comprensión.
El silencio, en este esquema, no es un fin en sí mismo. Es el camino de ascenso. El escalón que permite pasar de la reactividad de lo inmediato a la perspectiva más amplia del corazón.
Estrategia cabalística: el silencio como reclusión para recibir ideas
Uno de los aportes más originales de Sabán en esta conversación es la distinción entre el silencio meditativo al uso —vaciamiento de la mente, influencia de la tradición india— y lo que él llama el silencio estratégico cabalístico.
«En la Cábala el silencio es estratégico, no es un silencio de una meditación al uso… Es un silencio que te permite una reclusión estratégica para ver cómo están situadas las energías».
No se trata de llegar a la nada. Se trata de llegar a Jojmá, la sefirá de la sabiduría, donde las ideas no se construyen paso a paso, sino que llegan de golpe, completas, desde un nivel de comprensión que la mente ordinaria no puede alcanzar mientras está ocupada procesando ruido.
El silencio cabalístico es instrumental: sirve para que entre información del Ein Sof, la infinitud divina. Es el blanco al servicio del negro, no el blanco como fin. El objetivo no es vaciarse, sino llenarse de otra cosa. Como dice Sabán citando al cabalista Jay Michaelson: «En la Cábala cuando dejamos de buscar es que empezamos a buscar otras formas de buscar».
Esta comprensión conecta con algo que Mario Sabán explora en sus contenidos sobre confusión, vacío y las señales del alma: cuando el propósito no se escucha, el alma habla a través de la crisis. Y escuchar al alma exige, antes que nada, silenciar el ruido que la tapa.
El ego desequilibrado: ruido incesante o evasión silenciosa
Aquí la conversación da un giro que pocos esperan. Sabán señala con precisión quirúrgica algo que suele pasar desapercibido: el ego desequilibrado puede usar tanto el ruido como el silencio para sus propios fines.
Un ego desequilibrado puede refugiarse en el ruido social porque necesita de él para sentirse importante, visible, necesario. Es el que llena cada pausa con palabras, el que no puede tolerar un momento de quietud porque en ese momento tendría que encontrarse a sí mismo.
Pero el mismo ego, desequilibrado en el otro sentido, puede usar el retiro y la quietud como estrategia de superioridad: «Me recluyo porque yo estoy en otro nivel». O como la monarquía británica, que mantiene su misterio y su poder precisamente por lo que no dice.
«Cuidado con los egos desequilibrados que pueden usar tanto el ruido como el silencio», advierte Sabán. «Estos juegos perversos de egos desequilibrados, donde caen en el ruido social porque están desequilibrados y necesitan de ruido para no tener silencio interior, o los que ya utilizan el silencio interior para apartarse».
La pregunta que propone Sabán es de una honestidad exigente: ¿Estoy en quietud por una necesidad real del alma, o estoy usando el silencio para justificar una reclusión egoica? Solo una respuesta honesta a esa pregunta puede distinguir el silencio auténtico del silencio como performance.
Experiencia personal: grupos de silencio y conexión con otros
Newman comparte algo de su propia experiencia que abre una dimensión inesperada. En un posgrado que cursó, practicaban grupos Balint: un ejercicio previo al trabajo con temáticas de alta densidad emocional en el que el grupo permanecía en quietud colectiva durante unos minutos.
«Lo que me di cuenta era que permaneciendo en silencio… empecé a tener la sensación de que, además de serenarme, empezaba a entrar como en una especie de contacto con los demás».
Sabán lo ratifica: «Los contactos con los demás vienen por la vibración que se produce en ese silencio». La vibración puede pasar por el sonido, sí. Pero también pasa por la quietud. Porque silencio y sonido no son opuestos: son las dos caras de una misma oscilación.
Cuando un grupo se aquieta al mismo tiempo, algo ocurre entre sus miembros que el lenguaje no consigue del todo. Una sintonía que precede a las palabras. Una percepción del otro que no pasa por el filtro del ego ni por la interpretación intelectual. Es, en términos cabalísticos, el alma reconociendo a otra alma en un espacio donde el ruido no interfiere.
Silencio y sonido como oscilación constante: no se pueden separar
La conclusión filosófica de la conversación es elegante y profunda. Silencio y sonido no pueden pensarse por separado. Son una oscilación. Uno es el trasfondo del otro, y no está claro cuál funda a cuál.
«No sabemos si al final el silencio es trasfondo del sonido o el sonido trasfondo del silencio», dice Sabán. «Es un campo de oscilación constante entre ambos».
Esta indistinción de fondo tiene implicaciones prácticas. No se puede cultivar el silencio ignorando el sonido. No se puede apreciar la quietud sin la presencia del ruido que la delimita. No se puede entrar en la profundidad del alma sin haber transitado primero la superficie del mundo.
La letra Samej —esa letra hebrea cerrada en todas sus partes, símbolo del número 60 y de la tendencia a la introspección que crece con los años— tiene en su morfología circular un vacío central. No un vacío de nada, sino un vacío de tránsito: información que entra y sale, un Kli de paso que no retiene, sino que recibe y da.
Así funciona el alma bien orientada en su relación con el silencio: no se encierra en él, sino que lo usa para abrirse a algo que viene de más allá.
Conclusión: ¿Para qué sirve el silencio?
El silencio, bien comprendido desde la Cábala, no es un refugio ni un ornamento espiritual. Es una herramienta de precisión para el alma que quiere crecer.
Sirve para frenar el bucle mental que bloquea la entrada de información nueva. Sirve para ascender desde la reactividad de Maljut hasta la perspectiva más amplia de Tiféret y Jojmá. Sirve para que la Neshamá pueda escucharse a sí misma y, desde ahí, orientar con más claridad el Tikún personal.
Pero exige honestidad. El silencio puede ser auténtico o puede ser una máscara del ego. Puede ser apertura o puede ser evasión. Y solo quien se pregunta con sinceridad qué hay en su quietud puede distinguir entre los dos.
Como dice Luria a través de Sabán: el silencio hablante es el que nos interesa. El que no es nada sino el umbral desde el cual todo puede comenzar.
Para quienes deseen entender los fundamentos del Árbol de la Vida, las sefirot y el Kli como conceptos que dan sustento a todo lo explorado aquí, el curso Cábala desde cero: Introducción a la mística hebrea ofrece el marco conceptual necesario para que estas ideas no se queden en intuición, sino que se asienten en comprensión.
Porque comprender la Cábala es, siempre, aprender a escuchar en una frecuencia distinta.
Si quieres escuchar esta conversación en toda su textura —incluido el minuto de silencio con el que abre— te dejamos a continuación el episodio del Kabala Podcast en el que está basado este artículo.