El acoso escolar desde la Cábala: el acosador y la sed de poder

Hay conversaciones que no pueden esperar. Y la que mantienen Mario Sabán y Nacho Newman en el Kabala Podcast sobre el bullying es una de ellas, porque cuando hablamos de acoso escolar no estamos hablando de conflictos entre iguales: estamos hablando de vidas en riesgo.

El acoso, en sus formas más graves, lleva a niños y adolescentes al suicidio. Y sin embargo, los sistemas educativos siguen respondiendo con protocolos lentos, lenguaje terapéutico blando y una permisividad que, vista desde la Cábala, no es compasión sino desequilibrio en Jésed: una bondad sin estructura que termina siendo cómplice del daño.

Este artículo recorre los argumentos de esa conversación con la profundidad que el tema exige. Porque para desarticular el mal hay que entender sus raíces, y eso significa dejar de mirar solo al acosado y empezar a mirar, con rigor y sin complacencia, al acosador.

¿Qué es el acoso?

El acoso —o bullying, en su denominación anglosajona— es una situación de hostigamiento repetido, sistemático y sostenido en el tiempo, dirigido contra una persona concreta por parte de un individuo o, más frecuentemente, de un grupo.

No es un conflicto puntual ni una pelea entre iguales. Es una dinámica de poder asimétrica en la que el acosado se encuentra en una posición de indefensión estructural frente a quien o quienes le agreden.

Aunque el término se asocia principalmente al ámbito escolar, sus mecanismos psicológicos —la búsqueda del chivo expiatorio, la proyección de la inferioridad, la construcción de identidad grupal a través de la exclusión— son exactamente los mismos que después, a escala adulta, producen ideologías totalitarias, discriminación sistémica y violencia organizada.

Comprender esto es el primer paso para tomárselo en serio.

La vida de nuestros hijos no se negocia

Mario Sabán abre la conversación con una afirmación que funciona como marco ético de todo lo que sigue: «Estamos hablando de la vida de nuestros hijos, y con este tema no se juega».

No es retórica. Es una declaración de prioridades. Porque uno de los problemas centrales en la gestión institucional del bullying es que los sistemas educativos han convertido la protección de los menores en un asunto burocrático: comités, informes, plazos de respuesta, protocolos de cuatro y seis meses.

Mientras el protocolo avanza, el acosado sigue sufriendo. Y a veces se suicida antes de que el protocolo concluya.

La Cábala tiene una enseñanza muy clara al respecto: en el nivel inferior, la primera verdad es la vida. Todo lo demás —la rectificación del acosador, la reintegración del grupo, la búsqueda de causas profundas— es secundario respecto a la obligación de salvar la vida del que está en riesgo. Primero se protege al acosado. El resto viene después.

Presentación del tema: cambiar el ángulo

Lo que hace singular el enfoque de Sabán en esta conversación es que propone deliberadamente girar la mirada hacia donde habitualmente no se mira.

El debate sobre el bullying suele centrarse en el acosado: cómo fortalecerlo, cómo acompañarlo, cómo evitar que llegue al límite. Pero Sabán propone ir a la raíz del problema, y la raíz no está en la víctima sino en el agresor.

«Me gustaría hablar de los acosadores —afirma Sabán—, porque yo creo que se desata el problema a partir de los acosadores al acosado. Me gustaría hablar de por qué, cómo crece un acosador, qué características tiene, de qué familia viene».

Este cambio de ángulo no implica victimizar al acosador ni relativizar su responsabilidad. Implica entender que el mal no se desactiva protegiéndose de él, sino comprendiendo cómo se genera.

El origen del acosador

Entre los 9 y los 14 años se concentra la mayor incidencia del acoso escolar. Es una franja de edad en la que la identidad está en formación, el grupo tiene un peso desproporcionado en la autoestima y la familia es todavía el molde principal del carácter.

Sabán es directo: «Uno no nace de un repollo. Este tipo de acosadores nacen de familias que indudablemente tienen una agresión». Y aclara enseguida que esa agresión no tiene por qué ser visible ni física. Puede ser una agresión psicológica sutil, un patrón de control y manipulación, un liderazgo familiar basado en el dominio y la intimidación.

El acosador, en muchos casos, es también víctima de una estructura familiar disfuncional que no ha sabido transmitirle ni límites sanos ni autoestima genuina. Eso no lo exculpa. Pero sí obliga a hacer la pregunta correcta: ¿qué está pasando en el hogar de este niño?

La respuesta, advierte Sabán, no siempre está en lo visible. Muchas veces hay que entrar en el invisible: en los patrones relacionales que no se ven a simple vista pero que configuran el carácter de quien después acosa.

El grupo como germen del totalitarismo

Nacho Newman introduce en la conversación una referencia fundamental: el libro Masa y Poder de Elias Canetti, donde el escritor reconstruye el antisemitismo que él mismo sufrió en su infancia y analiza la mecánica del grupo como generador de violencia.

El punto de partida es que no existe el acosador solitario como regla. El acoso escolar es casi siempre un fenómeno grupal. Y el grupo funciona como amplificador de la agresión individual: alguien que solo no se atrevería a hostigar a nadie, dentro del grupo encuentra legitimidad, fuerza y reconocimiento.

«El acosador se siente poderoso y se siente reconocido dentro de un grupo —explica Newman—. Para participar de ese grupo de pertenencia, hay que denigrar a alguno que está fuera del grupo».

Sabán lleva este análisis a su conclusión más inquietante: «Es el embrión del totalitarismo». El grupo de acosadores replica exactamente los mecanismos de los sistemas autoritarios: hay un líder que decide quién está dentro y quién fuera, hay un chivo expiatorio sobre el que se proyectan todas las imperfecciones del grupo, y hay una ideología implícita de superioridad que justifica el ataque al diferente.

Lo que ocurre en el patio del colegio no es un fenómeno aislado. Es el primer ensayo de dinámicas que, si no se interrumpen, se reproducirán a escala adulta en la política, en las organizaciones y en la sociedad.

La inferioridad que se disfraza de poder

Uno de los análisis más lúcidos de la conversación es el que Sabán dedica a la psicología profunda del acosador.

«El que es acosador, como todo sistema totalitario, es un inferior —afirma—. Se siente inferior, por supuesto. La única forma que tiene es equilibrar con esas ansias de superioridad hacia el exterior».

La lógica es la misma que opera en el nacionalismo exacerbado, en el racismo o en cualquier ideología de superioridad grupal: quien no puede construir autoestima desde dentro busca apropiarse de la grandeza ajena. «Si tú te sientes inferior pero tu nación dio a Leonardo da Vinci, entonces dices: «Qué suerte, mi nación creó este sujeto.» Como yo no lo puedo ser, por lo menos mi nacionalidad lo ha creado».

El acosador no acosa porque sea fuerte. Acosa porque es profundamente débil y ha encontrado en la humillación del otro la única forma que conoce de sentirse mejor consigo mismo.

Newman lo formula con precisión: «La construcción identitaria está sustentada en la carencia. La carencia de dones. Este sentimiento profundo de inferioridad respecto del entorno hace que se produzca una construcción basada en la agresión».

Entender esto es crucial. No para disculpar al acosador, sino para diseñar respuestas que vayan a la raíz en lugar de quedarse en la superficie.

Límites y responsabilidad

Aquí la conversación da un giro que merece ser subrayado. Porque si hay algo que la Cábala enseña con claridad es que la compasión sin estructura no es virtud: es desequilibrio.

Nacho Newman lo articula desde el Árbol de la Vida: «Cuando tienes desequilibrio en Jésed, tienes desequilibrio en Guevurá. Una sociedad muy permisiva: klipá de Jésed, que como no pone límites, klipá de Guevurá porque no pone límites».

El sistema educativo actual, en muchos países, ha caído exactamente en ese desequilibrio. En nombre de la inclusión, la comprensión y la no-violencia, ha construido entornos donde el acosador puede continuar su conducta indefinidamente sin consecuencias reales.

Esto no es humanismo. Es complicidad disfrazada de bondad.

Sabán es contundente: «Yo no le digo al acosador: «Bueno, vamos a ver cuando usted haga teshuvá». Mientras tanto, me está sacando un brazo». Y añade algo que rompe con el consenso pedagógico habitual: no se puede pedir al acosado que aguante, que perdone y que ponga la otra mejilla, mientras el acosador sigue ejerciendo violencia sin consecuencias. Eso es un doble rasero que perjudica siempre al más débil.

Expulsar al acosador, no a la víctima

Uno de los momentos más incisivos del debate llega cuando Sabán señala una paradoja que define perfectamente el estado actual del problema.

Cuando el acoso es grave, muchas familias terminan sacando al hijo acosado del colegio para protegerlo. El acosador se queda. La víctima abandona.

«Fíjate a lo que hemos llegado —dice Sabán—. En vez de sacar de la escuela a los acosadores, se piensa sacar al acosado de la escuela. Entonces esto no funciona así. Es un problema; a los que hay que expulsar son a los acosadores».

La lógica es impecable. Y sin embargo, los sistemas educativos siguen invirtiendo los términos: protegen al agresor en nombre de sus derechos, y dejan desprotegida a la víctima en nombre de los mismos protocolos que deberían ampararla.

Expulsar al acosador no es una medida de castigo. Es una medida de protección de la vida del acosado. Y la Cábala es clara: defender la vida es la primera obligación, por encima de cualquier otra consideración.

La impunidad como reflejo social

Sabán amplía el análisis hacia el contexto social más amplio. El problema del acoso escolar no es un fenómeno aislado: es un reflejo del modelo de impunidad que rige la vida adulta.

«Si alguien que te roba sale al otro día de la cárcel, ni entra a la cárcel porque te robó, ¿qué vamos a pretender de un acosador infantil?».

El niño que acosa aprende muy rápido que la sociedad no pena la violencia. Que se puede agredir sin consecuencias. Que los protocolos son retrasos y no límites reales. Y esa lección, aprendida en el patio del colegio, se consolida en el adulto que después delinque, manipula o ejerce poder desde la impunidad.

La permisividad con el acosador infantil no es un problema pedagógico. Es una decisión política sobre qué tipo de sociedad queremos construir.

Y desde la perspectiva cabalística que explora el verdadero despertar espiritual entre la teoría y la transformación interior, esta dimensión colectiva del mal no puede separarse del trabajo individual de rectificación: la sociedad que tolera al acosador es, en parte, el resultado de almas que no han aprendido a poner límites desde adentro.

La urgencia de poner límites claros

La propuesta concreta de Sabán y Newman es tan sencilla como radical: tolerancia cero con plazos de respuesta mínimos.

Un grupo de acosadores identificado que continúa el hostigamiento más allá de una semana debe recibir una consecuencia inmediata: expulsión. No protocolos de meses. No reuniones de seguimiento indefinidas. Expulsión.

«Grupo acosador, expulsión a la semana —dice Newman—. Existe la ley, existe la Guevurá, existen los límites».

Sabán va más lejos y propone algo que merece reflexión: crear espacios específicos donde los acosadores sean sometidos a un proceso real de rectificación, separados del entorno donde ejercen su violencia. Un proceso que él llama, con humor y rigor al mismo tiempo, «colegio teshuvá»: el espacio donde se trabaja el arrepentimiento genuino, la desnazificación de la mentalidad de superioridad, la reconstrucción de una identidad que no necesite del chivo expiatorio para sostenerse.

El totalitarismo y la proyección de la culpa

En la segunda parte de la conversación, Sabán conecta la dinámica del acoso escolar con los mecanismos más profundos del pensamiento totalitario.

La clave está en la proyección. «Todo el alma tiene miedo de la reparación interior, de la rectificación interior —afirma—. Entonces es más simple si busco un culpable en el afuera; yo ya me quedo tan tranquilo, porque todos mis desequilibrios no son míos, sino que los produce el sistema».

El grupo acosador funciona exactamente igual que el régimen totalitario: identifica un enemigo externo, le atribuye todos los males, y mantiene la cohesión interna a través del odio compartido hacia ese enemigo. El acosado, como el judío en el nazismo o el burgués en el estalinismo, es la representación proyectada de todos los desequilibrios que el grupo se niega a ver en sí mismo.

«Satán para estos regímenes nunca está dentro —dice Sabán—. Satán siempre está fuera. Primero mire su Satán en su interior».

Esta es, en el fondo, la enseñanza más profunda que la Cábala tiene para ofrecer sobre el fenómeno del bullying: el mal no se combate señalando hacia afuera. Se combate haciendo el trabajo interior que los acosadores, precisamente, rehúyen.

Salvar la vida del acosado: la prioridad absoluta en la educación

Todas las reflexiones anteriores convergen en un punto que Sabán repite con insistencia y que merece ser el cierre de este análisis: la prioridad absoluta es salvar la vida del acosado.

«Lo que no podemos perder es vidas de los acosados —afirma—. Entonces, primero salvar la vida del acosado, y si salvar la vida del acosado implica que los tres acosadores de turno sean expulsados del colegio, no pasa nada, son expulsados del colegio».

La Torá enseña que para defender la vida se puede llegar muy lejos. Maimónides sostenía que si alguien pregunta por tu religión y sabe que decir la verdad supone la muerte, tienes la obligación de mentir, porque la vida es el valor supremo. Aplicado al acoso: ningún argumento pedagógico, ningún protocolo burocrático y ninguna consideración sobre los derechos del acosador puede pesar más que la vida del niño que está siendo destruido.

Eso es Guevurá. Eso es poner límites con conciencia y con amor. No porque el límite sea un castigo, sino porque es la única forma honesta de proteger la vida y de dar al acosador la oportunidad real de cambiar, que nunca llegará mientras se le permita continuar.

Conclusión: el acoso como desafío espiritual colectivo

El acoso escolar no es un problema de niños difíciles. Es el síntoma de una sociedad que ha perdido la capacidad de poner límites, que confunde permisividad con compasión y que paga ese error con las vidas de los más vulnerables.

Desde la Cábala, la respuesta es clara: Guevurá antes de que sea demasiado tarde, rectificación del acosador en un espacio separado, y protección incondicional de la vida del acosado como prioridad que no admite negociación.

Y a nivel individual, el desafío que Newman y Sabán lanzan implícitamente a cada oyente es igualmente exigente: ¿en qué medida cada uno de nosotros ha participado, consciente o inconscientemente, de dinámicas de acoso? ¿Qué parte de ese impulso de proyectar los propios desequilibrios hacia el exterior vive todavía en nuestra manera de relacionarnos?

Esas preguntas no tienen respuesta fácil. Pero hacerlas con honestidad es el primer paso hacia la rectificación. Y si quieres explorar con mayor profundidad las herramientas que la Cábala ofrece para ese trabajo interior, el curso Cábala desde cero: Introducción a la mística hebrea es el punto de partida más sólido para comenzar ese camino.

El acoso no desaparecerá hasta que la sociedad decida tomárselo en serio. Y esa decisión empieza, como todas las grandes decisiones, en el interior de cada uno.

Si quieres profundizar en esta conversación, te dejamos a continuación el vídeo completo en el que está basado este artículo, donde Mario Sabán y Nacho Newman desarrollan todos estos argumentos con la profundidad y la honestidad que el tema merece.

 

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