Carl Jung y la Cábala: el Libro Rojo y la sombra oculta

¿Qué relación existe entre Carl Jung y la Cábala? La obra completa de Jung, sobre todo a partir de 1940, incorpora conceptos cabalísticos como el Árbol de la Vida, las Sefirot, el Tikún y el pensamiento de Isaac Luria, que Jung reconoció como un espejo de su propio proceso de individuación.

Esta afirmación no es una interpretación forzada ni una analogía superficial. Es, como veremos, una correspondencia que el propio psiquiatra suizo documentó, citó y agradeció a lo largo de sus últimas décadas de investigación.

En este artículo recorremos, de la mano de la psicóloga junguiana Gabriela Milatich y del Dr. Mario Sabán, los puntos exactos en los que la psicología profunda y la Cábala hebrea se tocan, se explican y se iluminan mutuamente.

¿Quién fue Carl Jung?

Carl Gustav Jung (1875-1961) fue un psiquiatra suizo, discípulo y luego disidente de Sigmund Freud, y fundador de la psicología analítica. Se graduó como médico en 1900 y, apenas tres años después, ya ejercía como psiquiatra en la clínica Burghölzli de Zúrich.

A diferencia de Freud, que centró su obra en la función paterna y en la represión sexual, Jung dedicó su vida a explorar la función materna, el inconsciente colectivo, los arquetipos y lo que él denominó el proceso de individuación: el camino por el cual una persona integra las partes escindidas de sí misma hasta alcanzar una totalidad coherente.

Fue autor de obras como Respuesta a Job, Tipos psicológicos y, de forma póstuma, del Liber Novus, más conocido como el Libro Rojo. Su pensamiento, cada vez más maduro, terminó por acercarse de forma explícita al misticismo judío.

El inicio de un viaje interior en diálogo con la Cábala

Jung no llegó a la Cábala por casualidad ni de forma directa. Milatich explica que su itinerario comenzó con el estudio de la alquimia medieval, y que fue esa vía simbólica la que, poco a poco, lo condujo hacia el misticismo hebreo.

Ya en 1940 y 1941, Jung comenzó a leer con atención las conferencias de Gershom Scholem sobre la Cábala, publicadas años antes. Fue así como se topó, por primera vez de forma sistemática, con la figura de Isaac Luria.

Como señala Milatich, Jung «se va emocionando» al descubrir que las ideas que había ido construyendo durante décadas de práctica clínica ya estaban presentes, siglos atrás, en el pensamiento luriánico. No se trató de un hallazgo intelectual frío, sino de una verdadera resonancia interior.

El vínculo profundo entre Jung y la Cábala hebrea

En sus últimos años, Jung ya hablaba directamente del Árbol de la Vida, nombraba las Sefirot y citaba tanto a Luria como a Moshé Jaim Luzzatto. Gershom Scholem no era para él solo una fuente bibliográfica, sino un verdadero guía.

De hecho, según relata Milatich, fue el propio Jung quien impulsó la incorporación de Scholem al Círculo de Eranos, fundado en 1933 junto a Olga Fröbe-Kapteyn como un espacio de encuentro entre filósofos, cabalistas y especialistas en religiones comparadas.

Esta apertura temprana hacia el pensamiento judío místico explica por qué, hoy, hablar de la relación entre Carl Jung y la Cábala ya no es una curiosidad académica, sino una vía legítima de estudio para quien busca comprender ambos sistemas de pensamiento en profundidad.

Quien quiera adentrarse por primera vez en los conceptos cabalísticos puede encontrar una base sólida en Cábala desde cero: Introducción a la mística hebrea, pensado precisamente para quienes parten sin conocimientos previos.

Si lo que buscas es un mapa general de estas correspondencias antes de entrar en la experiencia personal de Jung, puede resultarte útil este repaso de las correspondencias entre la psicología analítica y la Cábala, que recoge de forma más conceptual paralelismos como el arquetipo, el ánima y ánimus o el tikún.

Un simbolismo compartido: la sombra, la klipá y la oscuridad divina

Uno de los puntos de encuentro más reveladores entre ambos sistemas es el concepto de sombra. Milatich aclara algo esencial: la sombra junguiana no representa lo malo o lo negativo del ser humano.

Representa, más bien, una fuerza y una capacidad que la persona todavía no reconoce en sí misma. Es una luz oculta, no defectuosa.

Sabán traduce esta idea directamente al lenguaje cabalístico: se trata del concepto de Klipá, la cáscara que envuelve y oculta una luz interior. Como afirma Sabán: «Es el concepto de Klipá, que tiene luz en su interior y que la cáscara crea el mal».

Esta correspondencia se extiende también al origen mismo del universo. Sabán recuerda que el proceso de individuación cósmica se asocia a Biná y a la Butzina di Kardinuta, la lámpara de oscuridad. Según sus palabras: «El universo nació por la oscuridad, así que es una oscuridad divina el universo».

Nacho Newman resume esta paradoja con una expresión certera: la existencia de «oscuridades divinas», esas restricciones necesarias —vinculadas a la columna izquierda del Árbol de la Vida— que enseñan a decir «no» y que forman parte inevitable del camino de individuación.

Freud y Jung: dos caminos frente al inconsciente

Suele repetirse que Jung «traicionó» a Freud. Milatich matiza esta lectura simplista con una distinción mucho más fina: Freud profundizó en la función paterna, mientras que Jung se volcó en la función materna.

Desde esta perspectiva, cada análisis necesita una síntesis posterior, y esa síntesis corresponde precisamente a la función femenina. Milatich lo conecta de forma directa con un concepto cabalístico: «la función femenina ampliatoria y unificatoria tiene que ver con Jojmá».

No se trata, entonces, de una ruptura personal sin más, sino de dos formas complementarias de abordar la psique humana, cada una necesaria para completar el cuadro.

La función femenina como clave de unidad

Jung sostuvo que la Iglesia había cercenado históricamente lo femenino, condenándolo como algo maligno que debía extirparse. Sabán lo confirma desde la lectura cabalística: el Espíritu Santo, entendido como Shejiná, es en realidad una función femenina.

Cuando en 1953 la Iglesia glorifica la figura de la Virgen María, Jung llega incluso a enviar una carta al Papa agradeciendo esa incorporación, convencido de que solo así sería posible un camino auténtico de sanación religiosa.

Este movimiento de recuperación de lo femenino no es exclusivo del cristianismo. Sabán menciona el fenómeno, cada vez más masivo en las últimas décadas, de la peregrinación a la tumba de la matriarca Rajel en Israel, un paralelo simbólico con la devoción mariana.

Milatich añade una observación reveladora desde su propia experiencia docente: sus alumnos, al estudiar a los patriarcas, siempre terminan pidiendo conocer también a las matriarcas, entendidas no en sometimiento, sino en apoyo mutuo.

El Libro Rojo: la confrontación con el inconsciente

Entre 1913 y 1919, y de forma continuada hasta cerca de 1930, Jung atravesó lo que él mismo llamó la confrontación con el inconsciente. Fue un período de fuerte turbulencia interior, marcado por el miedo, el enojo y la sensación de impotencia.

De esa confrontación nació el Liber Novus, el «libro nuevo», llamado así porque estaba destinado, según explica Milatich, a «la nueva humanidad». Jung dibujaba, pegaba y escribía en un cuaderno de grandes dimensiones que mantenía abierto sobre un atril en su propia consulta.

Uno de los episodios más citados es el diálogo con la figura del «Rojo», identificado por Sabán con Samael, la fuerza de Gevurá. Milatich narra el momento en que Jung le pregunta qué quiere, y el Rojo responde que necesita ser reconocido y amado.

Cuando Jung finalmente le dice «te quiero como sos», la figura amenazante comienza a disminuir, mientras Jung mismo crece. Es una imagen casi literal del proceso de integrar la propia sombra en lugar de combatirla.

Por qué Jung ocultó su obra más íntima

Jung tuvo, en algún momento, la intención de publicar el Libro Rojo. Sin embargo, terminó por desistir con una frase reveladora: «no me van a entender».

El libro contenía pasajes de una intimidad y una rareza tales —incluida la confrontación directa con el propio Diablo— que Jung temió no ser comprendido por sus contemporáneos. Por eso ordenó que la obra se publicara entre cincuenta y setenta años después de su muerte.

Jung falleció en 1961, y el Libro Rojo finalmente vio la luz en 2011, medio siglo más tarde. Esa fecha se ha convertido, para los estudiosos de su obra, en un punto de inflexión: por primera vez fue posible acceder al proceso interior completo del propio Jung, y no solo a sus conclusiones teóricas.

La crisis de la mitad de la vida y la ruptura con Freud

Newman observa algo que no es casual: la escritura del Libro Rojo coincide exactamente con la ruptura de Jung con Freud y con el momento en que Jung se acercaba a los 40 años.

Milatich confirma que la crisis de la mitad de la vida, situada entre los 36 y los 40 años, ocupa un lugar central en el pensamiento junguiano. Jung tenía 37 años cuando comenzó su confrontación con el inconsciente.

No fue solo el dolor de perder una amistad profunda con Freud —sus familias incluso compartían vacaciones— lo que precipitó la crisis. También pesaba la edad, el éxito profesional consolidado y una vida familiar ya completa, con cinco hijos y una consulta reconocida en todo el mundo.

«Era un hombre exitoso, pero no había dedicado tiempo a su alma»

Es en ese contexto de plenitud externa donde Jung formula una de las frases más citadas de toda su obra. Como recuerda Milatich, Jung se da cuenta de que «era un hombre exitoso, pero no había dedicado tiempo a su alma».

Y entonces se dirige hacia dentro con una pregunta que resuena como plegaria: «Alma mía, ¿dónde estás? Te he dejado de lado, respóndeme. Ahora quiero dialogar contigo».

Ese diálogo interior no quedó solo en la introspección. Jung terminó por encontrarse con una figura externa a la que llamó Filemón, un anciano alado y andrógino que, según Milatich, puede entenderse como una manifestación de su propia Neshamá, el alma superior en la terminología cabalística.

Sabán relaciona esta experiencia directamente con la mística judía medieval: «Lo que plantea Abulafia en el siglo XIII lo vivió él en experiencia personal», un puente de siglos entre la práctica meditativa cabalística y la vivencia psicológica moderna.

Cuando las imágenes interiores se confunden con la patología

Uno de los puntos más delicados —y más actuales— de la conversación entre Milatich y Sabán tiene que ver con el riesgo de patologizar experiencias interiores genuinas.

Milatich advierte que muchas personas que atraviesan procesos similares a los de Jung terminan etiquetadas con diagnósticos de psicosis o esquizofrenia, y quedan «arrumbadas con fuertes medicaciones», sin acompañamiento real de su proceso.

Sabán lo resume con dureza: «El acompañamiento tradicional lo deja en el limbo (…) mejor bloquear esta información y no acompañar». La propuesta de ambos no es rechazar la medicación cuando resulta necesaria, sino comprender que la imagen precede siempre a la palabra, y que ese lenguaje simbólico merece ser escuchado, no silenciado.

La torre de Bollingen: piedra, símbolo y oscuridad divina

En 1923, Jung comenzó la construcción de la Torre de Bollingen, una obra que fue ampliando por etapas hasta convertirla en un conjunto de cuatro torres. Jung tallaba la piedra por dentro y grababa escritura y símbolos en el exterior.

Milatich recuerda que Jung se definía a sí mismo como «un picapedrero», una imagen que conecta directamente con la tradición de las Tablas de la Ley, rotas y reescritas, y con la idea cabalística de que la letra necesita romper la piedra para liberarse.

Al visitar la casa de Jung en Bollingen, Milatich describe un detalle especialmente significativo: una gran imagen de un Buda femenino presidía el espacio donde Jung escribía, un recordatorio permanente de la importancia del inconsciente femenino en toda su obra.

Para quien quiera profundizar de forma visual en estos símbolos, en el perfil de TikTok de Mario Sabán pueden encontrarse explicaciones breves sobre conceptos como la Klipá o el Árbol de la Vida que complementan lo tratado aquí.

Traducciones tardías y el redescubrimiento de una obra oculta

Existe una idea, defendida entre otros por el investigador Moshé Idel, según la cual el conocimiento cabalístico de Jung habría sido más intuitivo que profundo. Milatich, sin negar el mérito de Idel, ofrece una explicación distinta.

La obra completa de Jung fue traducida tardíamente del alemán, primero al inglés y mucho después al español. Incluso las llamadas Libretas Negras, con tapa de ese color, se publicaron apenas el año pasado.

Por eso, según Milatich, el problema no es específico de Idel: es un obstáculo que ha afectado a todos los estudiosos de Jung en el mundo, que solo ahora, con la publicación completa de sus escritos, pueden calibrar con precisión la profundidad real de su conocimiento cabalístico.

Jung como símbolo vivo: Filemón y la androginia del alma

Hacia el final de la conversación, Newman propone una lectura de conjunto: la propia biografía de Jung funciona como un símbolo. Jung, decodificador de símbolos durante toda su vida, terminó él mismo convertido en símbolo.

Milatich coincide: el símbolo es, en esencia, la unión entre la conciencia y el inconsciente, una idea que Jung extendió incluso al plano cosmogónico. En sus últimas obras, buscaba fusionarse por completo con Filemón, reconociendo que ambos formaban, en realidad, una unidad inseparable.

Esa unidad, señala Sabán, remite a algo más amplio: la idea de que, en un sentido profundo, todos los seres humanos somos andróginos, portadores simultáneos de la energía masculina y femenina que el proceso de individuación busca integrar.

Quien desee recorrer este territorio con mayor detalle, uniendo los conceptos centrales de la psicología analítica con las claves de la mística judía, puede hacerlo a través del curso Jung y la Cábala, diseñado específicamente para explorar en profundidad este cruce de tradiciones.

Conclusión: por qué merece la pena estudiar a Jung desde la Cábala

Repasar la relación entre Carl Jung y la Cábala no es un ejercicio erudito sin consecuencias prácticas. Es, en realidad, una vía concreta para comprender procesos que muchas personas atraviesan hoy sin encontrar el lenguaje adecuado para nombrarlos.

La sombra como klipá, la crisis de la mitad de la vida, la necesidad de dialogar con el alma, la integración de lo femenino y lo masculino: todos estos conceptos, lejos de pertenecer a mundos separados, se explican y se iluminan mutuamente cuando se leen en conjunto.

Como bien resume Milatich, hay quienes viven experiencias interiores profundas y terminan etiquetados sin ser realmente comprendidos. Conocer este puente entre la psicología analítica y la Cábala ofrece, precisamente, un marco más amplio y humano para acompañar ese proceso.

Si este recorrido por el pensamiento de Jung y su diálogo con la mística judía te ha resultado revelador, te invitamos a seguir profundizando en estos conocimientos.

Y si quieres ampliar todo lo que hemos comentado aquí, puedes ver a continuación el vídeo completo en el que se basa este artículo, con la conversación íntegra entre Mario Sabán y Gabriela Milatich.

 

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