Adicción al trabajo: una mirada desde la Cábala al equilibrio entre pasión y autoexigencia

Cuando hablamos de adicción al trabajo, solemos pensar en exceso de horas y agotamiento físico. Desde la perspectiva de la Cábala que comparten Mario Sabán y Nacho Newman, el problema es más profundo: tiene que ver con cómo se relaciona el alma con el placer, el sentido y los límites.

Como bien afirma Sabán al comienzo del diálogo, “haría una distinción entre el trabajo en relación con el placer y el trabajo en relación con la autoexigencia”. A partir de esa distinción se abre toda una reflexión sobre cuándo el trabajo es pasión alineada con el sentido de vida y cuándo se convierte en una forma sofisticada de destrucción interior.

¿Trabajo como adicción o como pasión?

El episodio arranca con una confesión cercana. Nacho propone hablar del tema porque, como él mismo dice, están tratando con “alguien muy desequilibrado en el trabajo, pero mi desequilibrio es pasional”. Lo que podría sonar a chiste sirve para situar el núcleo de la cuestión: ¿cómo distinguir una sana entrega de una adicción al trabajo encubierta de pasión?

Sabán coloca enseguida el foco en el placer.
“Una persona que está trabajando sin placer en su trabajo está ante un problema muy grave… no está cumpliendo el sentido de su vida”, afirma. Cuando el trabajo se alinea con ese sentido, aparece la pasión; cuando no, entra en escena la autoexigencia como motor principal.

Desde la Cábala, el trabajo forma parte de Maljut, la dimensión de la acción, pero no agota la vida.
Sabán recuerda que “tenemos 10 dimensiones en el Árbol de la Vida, una de las cuales es Maljut, donde ejercemos el trabajo, y las otras nueve”. Reducir toda la existencia al trabajo, aunque haya pasión, es una forma de desequilibrio espiritual.

El límite difuso entre pasión y agotamiento

Uno de los puntos centrales de la conversación es el límite casi imperceptible entre la pasión y la autoexigencia. Sabán lo describe con precisión: comienzas trabajando con entusiasmo genuino, pasan las horas, y sin darte cuenta cruzas a un estado donde ya no mandan el deseo y el disfrute, sino la obligación interior.

“Después de 8, 9, 10 horas de estar muy apasionado, te vas agotando… y quieres seguir trabajando creyendo que es tu pasión y ya estás en la autoexigencia”, explica. Aquí la adicción al trabajo se disfraza de compromiso, pero en realidad se ha perdido el eje: el cuerpo está cansado, la mente satura, el alma empieza a pagarlo.

Sabán distingue dos formas de autoexigencia:

  • La de quien no encontró su pasión y necesita empujarse todo el día.
  • La de quien sí encontró su pasión, pero la lleva más allá del límite sano y termina arrastrado por ella.

En ambos casos, el resultado es similar: desgaste, pérdida de alegría y deterioro de otras áreas de la vida. La diferencia es que, en el segundo, el desborde nace de algo noble pero mal gestionado.

Cuando el cuerpo dice basta

Para ilustrar este punto, Sabán cuenta una experiencia personal muy concreta. En 2019 realizó una gira de dos meses por América, la más larga de su vida: Los Ángeles, Miami, México, El Salvador, Colombia. Estaba feliz con los seminarios, pero cada vez subía más el ritmo.

Hasta que, en Bogotá, “el último día estaba tan agotado, tan autoexigido, que sin darme cuenta me golpeé el pie con una maleta y se me quebró un dedo”. Lo leyó como un mensaje nítido: el cuerpo estaba frenando un enganche al trabajo disfrazada de pasión.

“El propio cuerpo me estaba frenando… ahí aprendí”, reconoce. Después de esa experiencia se permitió una semana completa de descanso en Chile, donde “lo que dormí no tiene nombre”.

Este episodio muestra cómo, desde la Cábala, el cuerpo no es un enemigo del espíritu, sino un aliado que marca límites.
Cuando el sistema entra en autoexigencia, el cuerpo se convierte en la última línea de defensa frente a una subjetividad que insiste en seguir. Escuchar esos avisos forma parte del trabajo espiritual.

¿Pasión genuina o necesidad de reconocimiento?

Nacho introduce entonces otra capa de análisis: la motivación de la autoexigencia. “Es conveniente analizar cuáles son los mecanismos que activan esa autoexigencia, porque muchas veces está motivada por una necesidad de reconocimiento”, plantea.

Sabán diferencia entre el ego que necesita público y la verdadera pasión. “Cuando tú tienes una pasión, puedes tener una conferencia con dos personas, 200 o 2000, te da lo mismo, porque hay una pasión interior”, explica. La cantidad de aplausos deja de ser el centro; lo importante es el sentido profundo de lo que se hace.

Puede haber un “desequilibrio egoico” en etapas más jóvenes, admite Sabán, pero con los años uno aprende a distinguir. El trabajo se vuelve un espacio donde el alma busca paz, estudio y profundidad, más que exposición permanente. La adicción al trabajo ligada a la necesidad de reconocimiento va perdiendo fuerza cuando el eje se desplaza al propósito interior.

Sin embargo, incluso cuando la motivación es limpia, la inercia de la pasión puede generar un exceso. Sabán describe esa inercia como “una fuerza apasionada que en un momento hace que no te des cuenta y empieces a perder la pasión, porque ya se volvió ‘lo tengo que hacer’”. El trabajo pasa del ser al deber ser: nace la obligación, y con ella la autoexigencia.

Del entusiasmo al deber: cómo se pierde la conexión

Ese tránsito del ser al deber es uno de los momentos más delicados. Cuando lo que antes era un deleite se convierte en un “tengo que”, se ha cruzado una frontera invisible.

Sabán lo sintetiza así: “cuando ya pasó como obligación, ya la cosa se transformó en otra cosa… se transformó en autoexigencia”. Lo que antes era una expresión del alma empieza a actuar en contra de la propia vitalidad.

Este cambio de tono interior es un indicador central para detectar una adicción al trabajo. No se trata solo de contar horas, sino de escuchar con qué energía se realizan las tareas: ¿todavía es deseo o ya es pura obediencia a una exigencia interna? La misma actividad puede ser liberadora o esclavizante según la actitud del corazón.

Desde la Cábala, esta distinción es clave porque el trabajo debería ser, idealmente, una de las formas en que el alma despliega su Tikún, su reparación. Cuando se hace desde la obligación destructiva, se vuelve una fuente de Klipá, de cáscara, que captura energía en lugar de liberarla.

Limitar la pasión para conservar el deseo

Aquí entra uno de los núcleos más ricos del episodio: la necesidad espiritual de limitar incluso lo que amamos. Sabán recurre a un ejemplo de la halajá judía: las leyes de nidá que establecen un tiempo de separación y pureza en la pareja.

Explica que esos días de abstinencia sirven para concentrar el deseo y poner Guevurá, límite, a la pasión. Y extrapola el principio al trabajo: “si hay una sabiduría que pone límite a la pasión de la intimidad de la pareja, nosotros también tenemos que poner un límite a todas nuestras pasiones… para que el deseo se mantenga”.

La tesis es contundente: para que el deseo se mantenga, tiene que estar limitado.
Si la entrega es ilimitada, el deseo se agota. En términos de trabajo, esto significa que incluso en aquello que nos apasiona debemos aprender a decir basta: cortar la jornada no solo para cuidar el cuerpo, sino para preservar la intensidad del día siguiente.

“Deseamos tener ese placer, esa pasión que nos da trabajar en el sentido de nuestra vida, sí, pero con un límite… para el otro día levantarme a la mañana y tener la misma pasión y no quedar totalmente agotado”, explica. Allí se marca la línea entre una dedicación sana y una adicción al trabajo que terminará erosionando la pasión original.

Hallar sentido en lo cotidiano

Tras hablar de pasión y límites, Nacho propone un giro importante: encontrar sentido incluso en las tareas que no nos apasionan. Recuerda que Sabán habla a menudo de encontrar el sentido de la vida, pero sugiere que también es interesante buscar sentido en cada experiencia concreta.

Pone ejemplos muy simples: lavar los platos, tareas administrativas, gestiones aparentemente tediosas. Sabán reconoce que algunas de esas tareas incluso le gustan porque le permiten reflexionar mientras las hace. “Lavar los platos me gusta… es un momento para la reflexión”, comenta con naturalidad.

También cuenta cómo, al redactar un texto para un seguro, su esposa le hizo notar que estaba usando terminología jurídica que conectaba con la profesión de su padre y su abuelo. Descubrió así una fidelidad familiar y un sentido existencial en una tarea que él mismo vivía como pesada.

Desde la Cábala, esto muestra que no todo lo que no entusiasma está desconectado del alma.
Hay experiencias que forman parte del aprendizaje de humildad, de límites, de trascender la adicción al trabajo entendida como búsqueda constante de lo excitante o inspirador. Aceptar la dimensión de Maljut en su concreción también forma parte del camino.

La realidad es limitada… y tu pasión también debe serlo

Un punto teológico clave aparece cuando Sabán afirma que “la realidad del cosmos es limitada” y, por tanto, “todo es limitado y nosotros también”. Desde la Cábala, el mundo creado está marcado por la finitud; solo el Ein Sof es ilimitado.

En coherencia con esto, también nuestras pasiones deben ser limitadas. Si no, terminan arrastrándonos a “niveles de autoexigencia que van en contra de mí”. Sabán insiste en que la autolimitación es una forma de preservación, una Guevurá necesaria para no romper la vasija.

Reconoce que descubrir el propio límite es cuestión de experiencia: muchas veces llegamos tarde, cuando ya hemos cruzado la línea y el cuerpo se ha resentido. Pero el autoconocimiento va enseñando dónde colocar ese freno, tanto para uno mismo como para los demás. Aprender a decir “hasta aquí” no solo protege de la adicción al trabajo, sino que entrena a poner límites saludables en todas las áreas.

Aquí encaja de forma muy natural la formación de base. Comprender el Árbol de la Vida, las sefirot y la lógica de los límites requiere un mapa sólido. El Curso Cábala Desde Cero con Mario Sabán ofrece ese marco inicial para entender por qué el mundo es limitado, cómo se articula el equilibrio entre las dimensiones y de qué manera esto se traduce en nuestra relación con el trabajo, el deseo y la autoexigencia.

¿Y si tu propósito no es tu trabajo? Cómo sostenerlo igual

Una pregunta muy frecuente llega a la escuela: ¿qué hacer cuando el trabajo que paga las cuentas no coincide con el sentido de la vida? Sabán cuenta que muchas personas dicen: “trabajo en algo que no es el sentido de mi vida, pero encontré el sentido de mi vida y me gustaría trabajar de eso”.

Su respuesta es pragmática y espiritual a la vez. Sugiere que la persona “se reserve, cuando sale del trabajo, dos horas para esa labor que tiene que ver con el sentido de su vida”. Es decir, crear un espacio diario o casi diario donde el alma pueda desplegar su verdadera pasión, aunque el empleo principal no haya cambiado todavía.

Afirma que, cuando alguien se conecta con esas dos o tres horas, “cambia la alegría, la felicidad que tiene, inclusive en el trabajo rutinario” que no era su propósito. Ese pequeño espacio de autenticidad da sentido a toda la jornada. E incluso abre otra posibilidad: que, a medio o largo plazo, esa actividad vocacional pueda convertirse en una fuente de ingresos que reemplace al trabajo de pura autoexigencia.

Esta propuesta es una forma concreta de prevenir la adicción al trabajo vacío de sentido. No exige una ruptura inmediata, pero invita a no resignarse: reservar tiempo para el propio proyecto del alma transforma la relación con el empleo y con la vida entera.

El “test del domingo”: una brújula espiritual inesperada

Hacia el final de la conversación, Sabán ofrece una prueba sencilla y contundente para saber si alguien está o no en su pasión en el trabajo. “Mira, si tú quieres la prueba de quién está apasionado en su trabajo y quién no, es el domingo a las 6 de la tarde”, dice.

Si el domingo por la tarde la persona siente angustia, rechazo o tristeza ante la llegada del lunes, es un indicador claro: “esta persona está trabajando en algo que le disgusta o que no es su pasión”. En cambio, él afirma: “el domingo a las 6 de la tarde soy la persona más feliz del mundo porque el lunes empieza mi deleite”.

Sabán va más lejos y recuerda que, entre las 6 y las 10 de la noche del domingo, se concentran muchos suicidios a nivel mundial. La adicción al trabajo sin sentido, unida a la perspectiva de otra semana de sufrimiento, puede volverse insoportable. Por eso es tan importante no banalizar ese malestar: “si una persona está angustiada, está infeliz… usted está mal”, dice con claridad.

Para quienes viven la Cábala como camino, la semana se percibe casi como una fiesta continua, porque se despliega “la actividad que nos hace felices”. No se necesita la fiesta externa como fuga; la vida cotidiana se convierte en celebración. Esa es la diferencia profunda entre una existencia movida por pasión y una dominada por la dependencia al trabajo o por la autoexigencia vacía.

Conclusión: de la adicción al trabajo a la pasión por la vida

La reflexión de Mario Sabán y Nacho Newman nos muestra que la necesidad de trabajar no se mide solo en horas, sino en la calidad de la relación entre el alma, el sentido y los límites. El trabajo puede ser una de las mayores fuentes de plenitud cuando está alineado con el propósito, se vive con placer y se le ponen fronteras claras para no quemar el deseo.

La Cábala enseña que solo una de las diez dimensiones del Árbol de la Vida es el trabajo, y que todas las demás también reclaman alimento: la familia, la pareja, la interioridad, el estudio, la conexión espiritual. Cuando el trabajo se traga todo el mapa, deja de ser servicio al alma para convertirse en un ídolo que exige sacrificios crecientes.

Si intuyes que tu relación con el trabajo se acerca más a la autoexigencia que a la alegría, quizá sea el momento de revisar límites, motivaciones y sentido profundo. Reservar tiempo diario para lo que de verdad amas, escuchar lo que sientes cada domingo al atardecer y aprender a poner Guevurá también a tus pasiones son pasos decisivos para salir de la adicción al trabajo y entrar en una pasión más amplia: la pasión por la vida.

Para poder sostener este proceso con un mapa claro y una base sólida, es fundamental conocer bien las dimensiones del alma y del Árbol de la Vida. El Curso Cábala Desde Cero con Mario Sabán ofrece una introducción rigurosa y accesible a la mística hebrea que te permitirá comprender cómo se estructura tu existencia espiritual y cómo integrar trabajo, deseo y límites de una forma coherente y consciente.

A partir de ahí, cada decisión laboral deja de ser solo un movimiento en tu carrera y se convierte en un paso en tu camino del alma: menos autoexigencia ciega, menos enganche al trabajo, y mucha más fidelidad al sentido profundo de tu propia vida.

La Cábala no es solo un conocimiento,
es un camino de transformación.

Únete a nuestra comunidad y recibe en tu correo enseñanzas, novedades y recursos para profundizar en la Cábala.

Además de información sobre cursos y actividades de la Escuela, recibirás nuestras Audiochispas: breves reflexiones del profesor Mario Sabán para acompañar tu estudio y crecimiento espiritual.

Suscríbete gratis a nuestra newsletter »»

 
 
 

0

Tu carrito

Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.